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HECHIZO

 

Rogelio Sinán

 

Terminado el trabajo de la fotografía, me fui a cazar, una tarde, por los alrededores de Hong Kong. Llevaba mi morral y mi fusil. Se daban por allí unos conejillos de carne muy- sabrosa, y tenía la esperanza de cazar uno de ellos.

Había ya caminado bastante, sin hallar nada, y estaba algo cansado y sediento; de manera que me acerqué a una casa que divisé desde lejos.

Un chino viejo fumaba su cachimba.

Me llamó la atención, desde que llegué, una chinita, con un pañuelo rojo atado a la cabeza, que me sonrió muy amable.

Cuando pedí agua, fue ella quien me la trajo. Me la entregó con una graciosa reverencia.

Atraído por la gracia de la criatura, comencé a con­versar con el viejo sobre los campos, las cosechas y otras cosas.

Yo, en mi interior, ya me había hecho el más firme propósito de no perder aquella deliciosa ocasión.

Pasaban otras mujeres ajetreadas, que entraban en la casa.

Unos hombres volvían, cansados del trabajo en el campo.

Yo seguía conversando con el viejo.

La chinita, que había estado ocupada en la cocina, reapareció, de pronto, con un rastrillo al hombro, y dirigióse, con pasos menuditos hacia el campo de arroz.

Esperé que estuviese algo distante; me despedí del viejo; di un largo ,y fatigoso rodeo; pasé un bos­caje de enmarañada vegetación, y fui a salir a una especie de colina, desde la cual divisé a la chinita, so­bre los surcos, atenta a su faena.

Al verme, dio señales de inquietud y agrado. Creí que iba a escapar; pero no se movió. Sin embargo, sus gestos me hicieron comprender que era impruden­te bajar al campo. Podía mirarme el viejo.

Descendí hasta unas plantas de la ladera. De un sola salto podía caer al campo; pero el boscaje era propicio al idilio.

La chinita seguía limpiando el surco para ocultar su miedo.

-Di una vuelta -le dije-; pero no he hallado nada.

-No es el tiempo.

Seguimos conversando. Los reflejos de las últimas luces le enrojecían el rostro. Estaba inquieta. No se atrevía a subir. Decía que el viejo era terrible.

-Si no subes -le dije— doy un salto ,y te beso.

La convencí Subió, le di la mano para hacerla llegar; dio un pequeño traspié, Y cayó entre mis bra­zos, sencilla.

Recogí su inquietud entre mis labios, sin darle tiempo de reponerse.

Temblaba. Se quería escabullir; pero sus gestos de defensa ya lánguidos eran un incentivo a mi deseo.

La besaba en la boca, golosamente; la besaba en los ojos, y la sentía vibrar, acezante, como una bestiecilla indefensa.

De, repente ladraron unos perros. La chinita se desprendió, asustada; saltó al campo de arroz cogió el rastrillo y huyó vuelta una liebre ...

Me quedé como en ascuas. ¿Qué hacer? ¡Maldi­tos perros! ¿De dónde habrían salido? Permanecí sentado allí un instante. No quería resolverme a perder la dichosa aventura. Sin embargo, iba ya obscureciendo y una densa neblina caía sobre las co­sas. No era prudente permanecer de noche en el campo. Si aligeraba el paso, podía llegar con tiempo a la ciudad; pero había algo más fuerte que todos mis temores; algo que me obligaba a permanecer.

No podía irme. Siempre el sexo ha sabido jugarme tales bromas. Mi voluntad jamás consigue sobre­ponerse. Era preciso ir a la casa del chino. Quería sentir de nuevo entre mis brazos a la inquieta cria­tura.

Daba vueltas de un lado para el otro, sonriéndome a escondidas del viejo. Al fin prendió una lámpara y entró a una pieza vecina de la mía. Creí que iba a salir nuevamente. El viejo hablaba de las cose­chas. Yo miraba hacia adentro. No salió más.

Me levanté. A lo lejos bailaba en espirales el humo de la casa.

Volví a hacer el penoso rodeo, y llegué bien cansa­do al "bungalow" del chino. Estaba todavía allí sentado fumando su opio.

-Me he demorado un poco rastreando -le dije-, y ahora se me ha hecho tarde; la noche va a venir ,y no me atrevo a seguir solo mi viaje hasta Hong Kong.

Con esa indiferencia propia del campesino chino, repuso:

-Si quieres, puedes quedarte hasta mañana. Una taza de té no ha de faltarle.

Como asentí, se levantó, agregando:

-¡Ven!­

Y me llevó a una pieza bastante grande. Yo, al ver que había dos camas pensé: "Si duerme aquí este viejo, va a ser difícil el asunto". Dejé a un lado el fusil y el morral y me salí al portal con el propósito de conversar con él y enterarme.

La chinita trajo el arroz y el té. Mientras co­míamos, yo la seguía mirando con el rabo del ojo.

Cayó la noche. Alegué sueño. Me despedí.

-Si quieres agua —me dijo—, bébela ahora. Los perros no conocen de noche. Pueden morderte.

Me acompañó hasta el cuarto; dijo algo que no entendí muy bien, y se fue caminando, silencioso.

Pensé, lleno de júbilo: "No duerme aquí".

Mi pieza estaba apenas iluminada por una lucer­na. En una de las camas había dos chinitos dormi­dos, uno al lado del otro. ¿Quién los habría traído'? Me senté en la otra cama y esperé. Todavía se sen­tían ruidos y voces.

Luego la casa fue quedando en silencio, y ya sólo escuché el monótono canto de las ranas. De vez en cuando ladraba un perro.

Me asomé al corredor. Estaba obscuro y silencio­so. Me acerqué al otro cuarto en puntillas, con bas­tante zozobra. Recordé que la puerta había chirria­do un poco sobre sus goznes; la levanté y la abrí lentamente. El corazón quería saltárseme del pecho. Sabía que si los chinos se daban cuenta, co­rría serio peligro. Entré en la pieza y cerré nueva­mente la puerta con mayor cautela. Precaviendo un percance, había llevado conmigo escopeta y mo­rral, no para usarlos, sino por no perderlos.

El cuarto estaba a obscuras. Inútilmente traté de acostumbrar mis ojos a las sombras. No lograba ver nada. Comencé a andar a tientas, palpando las paredes. De vez en cuando alargaba el oído. ¡Nada! ¿Dónde se habría metido? A lo mejor, dormía en el suelo. "Debo anclar con cuidado -pensé-; si la piso. lanza un grito, y me matan". Seguí dando la vuelta. No hallaba nada. Mi zozobra crecía. Ya el corazón golpeaba fuerte. ¿Dónde se habría metido? Fuerzas contradictorias luchaban en mi ser. Un miedo ho­rrible me aconsejaba ir a mi cuarto y reposar tran­quilo; pero el deseo me arrastraba a una aventura que, a lo mejor -¡vaya usted a saber!- podía cos­tarme cara... Anduve a tientas por el centro de! cuarto. ¡Nada! Me acerqué nuevamente a las paredes y las fui recorriendo con el oído atento... De repente noté una puertecita que antes no había no­tado. Apliqué a ella el oído. Me pareció escuchar el ruidito apagado de una respiración. Pegué más el oído. ¡Si! Alguien dormía, allí cerca, al otro lado. ¡Era ella! ¡Tenía que ser! Mi corazón golpeaba cada vez con más fuerza.  Me asaltó de repente la idea de que pudiera ser otra. Alguna vieja, quién sabe... Quise volver atrás. ¡Oh, no! ¡Imposible! Escuché un rato aún, más que todo, para calmar mis nervios. Hasta que, ya resuelto, abrí cuidadosamente la huer­ta y entré de puntillas. ¡Oh, el corazón! ¡Se me quería saltar! Era tan fuerte la emoción que al llegar a la cama donde dormía la china, me senté a re­posar. Dejé pasar un rato, hasta que, poco a poco, mi inquietud.

Ya dueño de mis fuerzas, me acosté suavemente al lado de ella. Se despertó. Quiso gritar.

-¡No!    ¡No!   ¡Soy yo! -le dije.

Y encendí una cerilla para que me dijera bien.

Me miró con unos ojazos negros asustados.

-Van a matarlo -me dijo-. Si se dan cuenta, lo matan,  ¡ Váyase !    ¡ Váyase !

Al oír la terrible amenaza, el corazón volvió a gol­pearme en el pecho. Parecía un émbolo. Sin embar­go, más que yo, más que el miedo, más que todo mi ser, estaba allí la fuerza imperiosa de mi deseo que me arrastraba a todas las locuras. Y sin prestar aten­ción a sus protestas, ya bastante inseguras, me di a besarla como un loco. Cedió al fin. La sentí apretujada a mi cuerpo, como una cosa mía, sólo mía. Éramos ya un racimo de halagos. De pronto unos perros comenzaron a ladrar afuera. Se oyeron voces de hombres. ¿Qué pasaría?

-Se han dado cuenta -dijo- ¡Van a matarte!

Sufrí un choque brutal. Sentí en la nuca como una contracción. Me atacaron los nervios. Y todos mis placeres se detuvieron en seco como frenados violentamente. ¿Todo habría sido en vano? ¡Oh, no! Al amor propio no podía permitirlo. Era preciso llegar  hasta el fin. Y a pesar de que los perros seguían la­drando afuera, a pesar de que aquellos hombres se­guían alborotando, mi hombría se impuso.

-¡Vete! ¡Vete! -me dijo-. ¡Si te encuentran, te matan !

Me eché al suelo, me acomodé el morral y la esco­peta a la espalda, y andando en cuatro patas, llegué a la puerta. Le abrí con precaución. No había na­die. Los perros continuaban ladrando. Llegué a mi cuarto. Entré. Los dos chinitos dormían tranquila­mente. Dejé a un lado el morral y la escopeta. Ale sumergí en la cama, vestida. Ale palpitaba el alma. ¿Qué pasaría?

Entraron en el cuarto tres chinos. Me hice el dormido Conversaban del juego. Comprendí que nada tenían que hacer conmigo. Hice que despertaba. Les pedí un cigarrillo. Me senté al borde de la cama a fumarlo. Conversaron conmigo un instante. Y se fueron al fin.

Me sentía mal.  Tenía el susto metido en el cuerpo.  Quise dormir.  No pude.  No me atrevía a salir en busca de agua.  Recordaba a los perros.  Pasé una noche horrible.  Y apenas se hizo claro, me fui de prisa. 

*   *   *

Tres días habían pasado.  Durante ellos, yo no me había sentido muy bien.  Pero tampoco pensé que fuera cosa de importancia. Me daba cuenta, sin em­bargo, de que aquella aventura me había afectado gravemente los nervios. Por las noches, dormía so­breexcitado. El más ligero ruido me despertaba. El corazón volvía a latirme fuertemente en el pecho. De día, mientras estaba trabajando, sentía en la nuca algo así como la fuerte presión de una garra. A veces la cabeza me daba vueltas. Y tenía que apoyarme donde fuese por no caerme.

Como yo trabajaba en el cuarto obscuro, que era sumamente caliente, y además como el olor penetran­te de los ácidos me producía bascas, salía de vez en cuando hasta el patio para aspirar el aire. En estas idas y venidas había perdido el tiempo, y- la labor se me había retrasado bastante.

A la hora del almuerzo, le dije al holandés que era mejor que yo me quedase para darle una mano al tra­bajo.

-¿Y no almuerzas? -me dijo.

-No tengo hambre -le contesté.

Él se fue. Yo no sentía, en efecto, ni pizca de ham­bre. Y, más aún, me daba cuenta de que por más que lo hubiese intentado, las bascas que sentía eran tales que mi estómago habría devuelto cualquier cosa que yo hubiese ingerido.

Tres días habían pasado. Durante ellos, yo no me había sentido muy bien. Pero tampoco pensé que

Me acosté en el diván del salón con intención de dormir. Pero, ¡qué! ¡Era imposible! Mi dolor de cabeza iba aumentando con prisa galopante. Me levanté nuevamente. Fui a la cocina. Bebí agua. Me empapé la cabeza. Di algunos pasos por el salón. Me asomé a la ventana. Respiré el aire fresco. ¡Nada! cl dolor aumentaba. Ale senté nuevamente en el di­ván. No resistía ya más. Y comencé a quejarme con la cabeza entre las manos.

A la hora acostumbrada, volvió el holandés. Lo sentí irse directamente al cuarto obscuro; pero al no hallarme allí, salió a buscarme.

-¿Qué te pasa? -me dijo, al encontrarme tendi­do, frotándome las sienes y la nuca con desespera­ción.

-¡Me duele! ¡Me duele mucho!

-A lo mejor es hambre -repuso-. Es malo es­tar con hambre. Hay que comer.

Y dejando el trabajo en la cubeta, me fui a acostar en el diván.

Me retorcía. Me quejaba. Saltaba. Daba vueltas. Rechinaba los dientes. ¡Ay! ¡Ay! No resistía. Y comencé a quejarme con unos alaridos desgarradores.

Oí que el holandés llamó al boy y le ordenó que fuese en busca de un médico en seguida. Una de las dos chinas que nos servían de criadas se puso a abani­carme.

El médico llegó después de un rato.

Pude observar aún varias maniobras que hizo, co­mo auscultarme el pecho, medirme el pulso, etc. Des­pués se me nubló la visión de las cosas y me hundí en una noche de muerte.

Y se fue a la cocina.

Preparó no sé qué y me lo trajo.     Me bebí la poción. Tenía un sabor como de ajenjo.

-Ahora te pasará -me dijo.

Y, en efecto, no sé si fue ilusión o realidad, lo cier­to es que el dolor se me calmó por un instante.

Me fui de nuevo al cuarto obscuro, y ya estaba re­velando una nueva película, cuando, de pronto, lace­rante y pungente como nunca, me volvió el malestar.

-¡Imposible! ¡No puedo! -le dije-. ¡Búscame un médico!

Las dos chinas que, según supe, se pasaban el día y la noche al lado de mi cama abanicándome, me con­taron la mayor parte de las cosas que pasaron después. Otras las he podido hilvanar atando cabos de lo que yo vislumbré durante la mortal enfermedad.

Al parecer, estuve muchos días sin conocimiento. Quería hablar, quería decir algo, pero mi lengua se movía con torpeza y solamente, lograba articular un gluglú sordo y trágico. A cada instante deseaba al­zarme; parece que me ponía furioso y se hacía nece­saria la intervención de varias personas para tender­me nuevamente en el diván. Tenía siempre los dien­tes apretados, y el médico hacía grandes esfuerzos por separármelos con la cuchara a fin de hacerme in­gerir las medicinas. Todo lo que me daban -sopas, pócimas- lo devolvía. De manera que, poco a poco, la gente fue perdiendo la esperanza de la más mí­nima curación ...

Veía en mis sueños las cosas más extrañas; a ve­ces era la graciosa chinita que, muy reída, me daba en la cabeza con el rastrillo, produciéndome el consi­guiente dolor. A veces eran los dos chinitos que yo había visto dormidos, quienes se despertaban y se ponían a aullar."¡ Cállense! ¡ Cállense!", les grita­ba. Era peor. Aullaban cada vez con más fuerza.  En seguida salían de todas partes unos perros feroces que hacían coro de aullidos y me atacaban como a bestia salvaje. A veces me veía a mí mismo, desnu­do, corriendo tras la china, también desnuda, a tra­vés de los dorados arrozales. "¡No! ¡No! Vete de aquí ¡Van a matarte!", decía ella. Pero yo la tum­baba sobre el césped y me ponía a besarla, frenético.  Entonces comenzaba a caer una lluvia infernal, con truenos, relámpagos y cataratas de agua. A nuestros pies corría un río enorme que empezaba a crecer, a crecer, y amenazaba arrastrarnos. La impetuosa corriente arrasaba con todo: árboles, animales, obje­tos. Ya nos llegaba el agua a las rodillas. De pron­to yo me hallaba a horcajadas en la primera horque­ta de un árbol. Sobre el río turbulento, de tronco a tronco, había un alambre tendido a manera de puente. La china dijo: "Tenemos que pasar al otro lado, para salvarnos".       Y comenzó a pasar por el alambre.  Cuando estuvo en el centro, sobre el enfurecido to­rrente, empezó a hacer piruetas con su paraguas, como en los circos. Yo le gritaba: "¡Cuidado! ¡Cui­dado.' ¡ Vas a caerte!". Pero el ruido del agua y de la lluvia era tal, que mis gritos perdían todo valor.  Ni yo mismo lograba oírlos. Me lancé a caminar so­bre el alambre, para salvarla; ya estaba cerca de ella, cuando, de pronto, cayó un rayo. Se reventó el alambre. Y caímos los dos abrazados al borrascoso torrente... Chapaleamos un instante en sus ondas... Después nos sumergimos en una espesa y silenciosa tiniebla. . .

Me veía, de repente, corriendo, con el morral al hombro y el fusil en la mano me perseguían los chinos con enormes chuchillos. Y los perros aullaban furiosamente. Mi corazón golpeaba fuerte. Pensa­ba: "Va a salírseme del pecho". Pero enseguida de­jaba de sentir sus latidos y me invadía una especie de calma. Ya no oía los ladridos de los perros. Vol­vía él rostro. ¡Ni un alma! Me habían dejado solo.  Y llegaba acezante al "bungalow". Allí estaba, en cuclillas, el viejo chino, fumando su cachimba impa­sible. Desenvolvía un paquete y me mostraba una monstruosa masa sanguinolenta. Sentía en mi pecho un enorme vacío. "Este es -decía- tu corazón. Voy a picarlo en pedacitos para que se lo coma la chi­na. De ese modo volverá a ser doncella..."

Perdía el conocimiento. Y seguía oyendo sólo el monótono ruido del machete...

*   *   *

Una malaya muy graciosa, como de unos quince años, que vivía con su madre en el patio, me contaba más tarde que una noche me habían dado por muerto, y ya todos, cansados de las largas vigilias, se ha­bían ido a acostar. Yo había quedado solo, tendido en una mesa central. Tenía ya quince días de estar enfermo. El médico me había desahuciado días antes. Y todo estaba listo para el velorio. Mi cuerpo, tieso y seco, ni se movía, ni respiraba. Las chinas que, día y noche, me abanicaban para espantarme las mos­cas, se habían ido a acostar. Y la gente del patio comentaba mi muerte con terror, porque todos decían que mi contagio era cosa de brujería.

La pequeña malaya me contó que, esa noche, ella tenía mucho miedo, y le decía a la madre que el muer­to podía levantarse, y que las brujas podían venir, y no sé qué otras cosas. Parece que yo volví a soñar: Una mujer me perseguía diciéndome: "¡Yo soy tu es­posa y éstos son tus dos hijos!" Yo le insistía que no, que no era cierto, que yo nunca había estado casado; pero ella se empeñaba en tal forma, que tuve que aceptar. "Ven, sígueme -dijo ella-. Vamos a vi­sitar a tu madre. Está muy grave". Ya mi madre había muerto hacía tiempo, pero en ese momento no recordé el detalle. Seguí tras la mujer, pero no pude ver a los dos chinos. Cruzamos los extensos arroza­les. Yo preguntaba a veces: "¿Dónde está? ¿Dónde está?" "Allí cerquita -decía ella- tras aquel cerro".

Seguimos caminando, caminando...

Yo empezaba a cansarme. Me faltaban las fuerzas. "No puedo más! ¡No puedo! -grité- ¡Sigue tú sola! Dile a mi madre que otro día yo iré a verla". La china dijo entonces: "¡Yo sigo!" Pero en vez de seguir por ese mismo camino, prosiguió rumbo al río.. . Yo pensé: "¿Cómo? ¿Me dijo que iba a ver ­a mi madre, y ahora sigue otro rumbo?" Resolví, pues, seguirla para ver adónde iba. Continué mi camino ha­cia el río, sin darme cuenta de que ya ella había des­aparecido.    Sentado al pie de un árbol,  en una loma, al lado del camino, había un chino muy viejo. Tenía en la mano un gran bastón de bambú. "¿A dónde vas?" - me dijo. "Estoy paseando" - repuse—.  ¿Y tú no sabes que allá te están buscando? ¡Corre! ¡ Corre a tu casa; allá te esperan!" Yo estaba tan cansado, que no sentía deseos de caminar. Pero el chino me apoyó en los riñones la vara de bambú y me empujaba, diciendo: "¡Corre! ¡Corre!" Me empujó al fin tan fuerte, que perdí el equilibrio y caí al preci­picio...

Fue entonces cuando caí de la mesa en que estaba acostado.

El holandés decía después que él oyó el ruido, y que estuvo preguntando desde arriba: "¿Quién es?

¿Quién está ahí'?", creyendo que, a lo mejor, alguien se había metido a robar. Pero que, luego, se acostó nuevamente a dormir.

Yo recuerdo que, desde el momento de la caída, co­mencé a vislumbrar ciertas cosas. Oía las voces de alguien que gritaba: "¿Quién es?" Pero no compren­día que se tratase de mí. Yo caminaba a gatas, con gran esfuerzo, hacia la puerta... y oía, confusas, las voces de la pequeña malaya, que conversaba con la madre en el patio. Hacía yo un gran esfuerzo por hablar, por gritar, pero todo lo que me salía de la boca era un glú-glú de ahogado, aterrador. Parece que golpeé fuertemente la puerta, y que la malayita y su madre, asustadas, salieron huyendo. Parece que también el holandés oyó la batahola que se armó por doquier, pero como era hombre menos supersticioso, bajó precipitadamente las escaleras, abrió la puerta y me encontró tendido en el suelo. Había perdi­do nuevamente el conocimiento... Logré aferrar aún algunas frases. Percibí, sobre todo, claramente, la voz de alguien que gritaba: "Está vivo! ¡No se ha muerto!" Y recuerdo que antes de hundirme nue­vamente en las sombras del subconsciente, aquella frase me produjo un alivio muy dulce y una simple sensación de bondad. Algo así como si hubiera que­rido besar a quien dijo esa frase...

La pequeña malaya me contaba después que el cocinero había propuesto llamar a un santo o brujo que habitaba al otro lado del río. Este estaba crecido y era difícil pasar, pero alguien se ofreció a ha­cer el viaje. Algún tiempo después —según contaba la malaya- apareció un chino enorme, flaco y de mal aspecto, de gestos misteriosos ,y de mirada echada siempre al suelo.

Dijo ella que el gran brujo se me quedó mirando.  Levantó sus dos manos de largas uñas hacia el cielo, y de repente las dejó caer fuertemente sobre mi vientre, lanzando un alarido terrible. Yo me senté (te golpe, con los ojos salientes, y lancé un grito ronco.  Después caí de nuevo en el letargo.  El brujo comenzó a preparar sus exorcismos y bebedizos para alejar a los malos espíritus. Mandó que le buscasen un bam­bú, lo más largo que pudiera encontrarse. Dijo que iba a rezar, y pidió a todos, chinos y chinas, que lo siguiesen en el rezo. Fue haciendo ceremonias      -ges­tos y cantos- por todas las esquinas de la pieza. La gente lo seguía con devoción y con cierto temor. La noche estaba clara, pero aún así el brujo quiso que llevasen antorchas, para alejar a los malos espíritus.

Parece que, de pronto, llamó al cocinero y le dijo:

"¡ Búscame un gallo grande, de buena casta!"

Los que se habían marchado en busca del bambú lle­garon todos sudorosos. El brujo entró en la pieza, me desnudó y formó con mis ropas un bultito, que ató al extremo del bambú; luego clavó la caña en el patio. De vez en cuando, a medida que el rezo avanzaba, se acercaba al bambú, lo sacudía y gritaba no sé qué. Los rezos continuaron hasta la medianoche. Yo no daba señales de vida...

El holandés contaba más tarde que, como él no creía en esas cosas, se había ido a acostar, con la seguridad de que mi entierro se efectuaría al día si­guiente, temprano. Como él tenía dinero mío guarda­do, pensaba hacerme un buen entierro. Quién sabe... Lo cierto es que al subir a su cuarto, dejó abajo mi cuerpo sin señales de vida.

Cuando el reloj tocó sus doce campanadas, el brujo hizo salir de la pieza a todo el mundo. Los muros, de bambú, dejaban ver, sin embargo, la ceremonia tras sus rendijas. La malaya contaba que el brujo se montó a horcajadas sobre mi cuerpo. Luego encendió un papel especial que había traído y comenzó a pa­sarlo sobre mi rostro, haciendo signos cabalísticos. Murmuraba conjuros en una lengua rara que ningu­no entendía. Luego se levantó sin más preámbulos ,y aferró por las patas al gallo enorme. En la otra ma­no empuñaba un afilado machete. Colocó la cabeza del gallo en un madero y se la desprendió de un solo tajo. Con el cuerpo decapitado, el chino daba gol­pes por todas partes, salpicándolo todo de sangre: mientras, blandía el machete en la otra mano, lanzan­do unos aullidos infernales. Se acercó nuevamente a mi cama, me dio unos cuantos golpes con el gallo, y terminó el ritual dentro del cuarto dándome un gran planazo en el estómago. Parece que lancé un grito horrible. Y que también la gente que estaba en el patio comentó aquello, diciendo que era buena señal. El brujo salió, golpeó con el cadáver del gallo en el bambú y lo dejó allí colgado. Después siguió sus rezos ,y sus gritos, dando golpes sonoros sobre un "gong". La ceremonia siguió toda la noche. Toda­vía no daba señales de vida. Por lo menos, había quedado inmóvil nuevamente, sin manifestaciones de mejoría. Sin embargo los chinos tienen fe inquebrantable en estas cosas, de manera que algunos esperaban que de un momento a otro debería realizarse el milagro.

En efecto, cuando ya el día clareaba, comencé a dar señales de vida. Moví un poco los brazos, abrí los ojos y empecé a exhalar de nuevo el angustioso gluglú. El brujo se montó por segunda vez sobre mi cuerpo escuálido y comenzó a hacer signos en mi fren­te. Yo abría de vez en cuando los ojos, y veía so­bre mi rostro el suyo flaco, de mirada acerada y de barba ganchuda. Después volví a perder la sensación de las cosas. Parece que dormí ya bastante tran­quilo, y que, al despertar más tarde, sentí un ham­bre devoradora. Manifesté con gestos mi deseo de comer. Y oí la voz del brujo, que decía: "Prepárenle una sopa de arroz".

Comencé a percibir ya claramente las cosas que me rodeaban. A mi lado, la pequeña malaya me abani­caba. Le pedí un cigarrillo. Se levantó de puntillas y fue a hablar con el brujo. Recuerdo que pensé: "Si no permiten que fume voy a morirme de nuevo".  Ella volvió con cigarrillo y fósforo. Lo encendió. Me lo puso en la boca. Mis manos no lograban cogerlo, y ella tuvo que hacer las veces mías. Recuerdo que sentí desagradable el sabor del humo; pero era placentero fumar, sentirme vivo y hacer todas las cosas que hacía antes.

El cocinero se acercó con la sopa de arroz. Me la dieron a sorbos. Y aún después de beberla sentí hambre...

El holandés bajó con la intención de prepararlo to­do para el entierro, y se quedó perplejo cuando me vio con vida.

-Tienes vida de gato -me dijo-. ¡Has andado del brazo de la muerte!

Lo cierto es que las cosas que soñé (si no todas, al­gunas) se realizaron después: la muerte de una an­ciana y otros hechos. 

Después de unos instantes me dieron otra vez sopa de arroz, y repitieron la dosis a intervalos, porque mi hambre era antigua...

*   *   *

El brujo se quedó allí varios días, para cuidarme de los malos espíritus. Sin embargo, las labores de la fotografía se reanudaron pronto, y cada cual se ocupó en su faena.

De vez en cuando aparecía la malaya con el arroz, y conversaba un poco conmigo mientras yo lo ingería.

Algún tiempo después el brujo me ayudó a cami­nar hasta la puerta, y me senté en el quicio a ver la vida. No recordaba nada de lo anterior. Sentía una sensación de vacío en todo el cuerpo. Y era como un niñito que aprende grado a grado el profundo sen­tido de las cosas.

Quise dar un paseo. Quise alejarme un poco; sen­tarme bajo un árbol, a la orilla del río.

El brujo me buscó una buena estaca para apoyarme, e hizo que la malaya me acompañase.

Seco, encorvado y vacilante, apoyado en la estaca y en la niña, fui andando, paso a paso, hasta la ori­lla del río. No había cuarenta metros de distancia, y, sin embargo, llegué hasta allí rendido. Me senté bajó el árbol ... ¡Con qué placer inmenso aspiraba el perfume de los campos y miraba la corriente del río!

La pequeña malaya comenzó a relatarme a su ma­nera los sucesos pasados: la fiebre, mis delirios, las piruetas del brujo y sus temores. 

*   *   *

Con el buen alimento ,y el reposo me volvieron las fuerzas.

Salía todos los días con la malaya hasta la orilla del río. Conversaba con ella como si fuese un niño. Las cosas que ella hacía, por sencillas que fuesen, me asombraban ó me llenaban de susto.

Hasta que, poco a poco, según iba volviéndome el aliento, fui dejando de verla como un niño a una niña. Le agarraba el bracito, la acariciaba. . . Ella dejaba hacer, y me miraba sonriendo... No podía haber idilio más tierno para el renacimiento de mi es­píritu. Era como una nueva adolescencia. Más gra­ta. Más pura. Más delgada. 

Nada más delicioso ni más suave...

Hasta que ya una tarde no pude resistir.

Era un crepúsculo canicular.

Sentí en mi entraña un choque. Un rugido brutal. Mi carne despertaba enfurecida. Volvía la vieja bes­tia sexual. La niñita estaba allí, apetecible. Me sen­tí nuevamente todo un hombre. Iba ya a devorar­la... pero...

¡Qué horror! ¡Era doncella!

¿Y si volvía el hechizo fatal?

Me eché a correr como un loco.

Saltando, dando tumbos, llegué, acezante, al patio.  El brujo estaba solo, fumando. Me miró sonreído.

-Ya no vuelve -me dijo-; estás bien sano. ¡Re­gresa! ¡Ella te espera!

Me invadió una inefable satisfacción. ¡No mori­ría! Estaba en salvo!

Y me volví de nuevo hacia el crepúsculo donde ya comenzaban a brillar las estrellas. . .

 

Calcuta (India, 1938)


   

 


                                  

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