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LOS PÁJAROS DEL SUEÑO

 

Rogelio Sinán

 

Mi abuela poseía una heredad en la que vegetaban algunos pueblecillos que desaparecieron, con el correr del tiempo eliminados por el voraz destino de un Canal pro mundi beneficio.

En una de esas aldeas de pescadores zozobró mi puericia. Era un humilde retablo marinero que entretenía sus ocios la­vando entre las olas sus ranchos y palmeras, sus bongos y cayucos, sus hornos de hacer cal y sus extraños caracoles sonoros.

Nuestra niñez descalza (la mía y la de mis primas) retozó por sus playas y se volvió racimo entre las ramas de hospitalarios árboles frutales.

Mi abuela (requiescat) acostumbraba deambular con nos­otros, a la buena de Dios, como una clueca rodeada de sus nietos.

Nada le era más grato que estas fugas con la gente menuda.

Del todo irreflexiva (según uso y desuso de todas sus con­géneres), jamás temía embarcarse con toda la pollada en inse­guros cayucos que, al cruzar el estero, dejaban sólo a flote lo indispensable para no sumergirse definitivamente entre las olas.

Sobre la lama gris de los manglares se asoleaban caima­nes faraónicos que al vernos se inquietaban. El chapoteo que hacían al deslizarse en el agua deshilvanaba el vuelo de las garzas morenas.

Si alguna de las primas, fingiendo desazón, amenazaba darnos una mala hora, ella, mi Nana, le endilgaba un responso: --¿Qué es la novelería? ¡Quédate quieta, que el cayuco es celoso!

Yo, que era el benjamín, andaba siempre prendido a sus cuadriles; como es de imaginar, bajo la airada protesta de las primas que me sabían todo ojos y oídos y siempre me evitaban porque "delante de ése no podemos hablar de ciertas cosas".

Para mí aquellos viajes tenían algo de magia, de miste­rio, de asombro.

Sobre el cayuco móvil, hacinados como recelo en gajo, callábamos de miedo masticando las semillas del grito.

Si la canoa hacía agua, no había más que achicarla guar­dando el equilibrio de la mejor manera posible. Y ¡ay! de quien lo perdiese, porque el boga gritaba:

__¡Añingótense!

Y el tímido rebaño, amilanado, bajaba de sus bancos y se ponía en cuclillas con el alma en las olas.

En efecto, no era cosa de bromas, ya que el bongo bai­laba que parecía un azogue y amagaba zozobra: ¡carne fresca para los cocodrilos!

Y era inútil que el piloto narrase mil historias como la de la bruja que, a la hora del espanto, se volvía gata negra... "Se ha sabido ~agregaba--- que esa es la loca Andrea que ahora anda suelta por las playas del pueblo..." ¿Quién iba a distraerse?... Más nos hacía pensar en las tajantes fauces de los caimanes.

Prefiero confesar que mis ocho años no se sentían tranquilos sino hasta el grato instante de saltar a la arena. ¡Qué delicia inefable echarse al agua con las piernas desnudas y qué tibio el cascajo bajo los pies descalzos!

En la playa reía según costumbre la lealtad de Melania con su voluminosa carcajada de nácar. ¡Qué guisos sazonaba! Su rolliza piel negra (no sé por qué ancestral asociación) sólo al verla, nos abría el apetito. Era tan limpia, que hasta su risa fresca trascendía a té de albahaca.

__¡Te traigo un buen cuchillo! ---le gritaba mi abuela__ pero, ¡mucho cuidado!; corta una hebra en el aire...

Nuestra llegada al pueblo era motivo de júbilo para unos y de inquietud para otros. ¡Frutas y aves quedaban em­plazadas!

La gente se acercaba a saludar a mi Nana y, con la ayu­da de la chiquillería semidesnuda, llevábamos al rancho los bártulos.

Recuerdo que esa vez yo estaba en duda por lo que el boga dijo de la loca. Traté de descubrirla entre el alegre tro­pel de parabienes; pero oteaba en el aire inútilmente, pues no la conocía; de modo que mi vista iba brincando, como can azorado, de uno en otro semblante, sin hallarla.

Temiendo que mis primas, al descubrir mi miedo, hicie­ran burlas, escondí entre mis piernas el rabito indefenso de mi puerilidad, sobre todo porque sentía vergüenza de que ella lo notase.

¿Quién era? Una chiquilla (la hija de una vecina), pro­caz, traviesa y rubia. Su sana exuberancia podía tener doce años y era tan gordezuela como una encantadora cerdita. Mi abuela la invitaba de vez en cuando como huésped de honor, aunque maldita la gracia que les hacia a mis primas la agre­gada.

__¡Mocosa! -la llamaban, mostrándole la lengua.

__¡Chitón! -decía mi Nana--; y apresúrense, que hay que barrer la casa.

La casa era un bohío destartalado con paredes de quincha.

Recuerdo que Melania se adelantó sonriente y oficiosa, diciéndole;

__Si está que es un espejo...

__¿Te diste esa molestia?

__ No, señora, que fue la loca Andrea.

__¡Virgen del Carmen! ¿Y eso de cuándo a dónde?

__ Como el rancho está solo, la dejé que durmiera... La pobre no halla sitio desde que ha regresado del manicomio. Usted sabe que yo tengo mi techo y allá vivo cerca de la quebrada donde enjuago mi ropa; pero no se preocupe, la loca es cuidadosa y es persona muy limpia; sin embargo, que nadie la moleste, y hay que tener cuidado, que cuando se arrebata no hay modo de calmarla. Hace bien poco casi mata a un muchacho no sé por qué motivo.

Por supuesto, ya junto a la cabaña. nadie quería acer­carse.

__Yo no entro. -Yo tampoco. -¡Déjense de aspavientos! __gruñó mi abuela. Melania abrió la puerta y avanzó con sigilo:

__Bueno, pasen y cierren porque puede escaparse.

__ ¿La loca?

__ No, ella no. Un pajarito que tiene aquí encerrado y es su mayor locura.

Carolín tropezó, lanzó un chillido y asustó a las demás.

__No se alarmen que la loca no está.

Tal vez el ruido despertó a la avecilla, porque se oyó en el aire un ligerísimo y sutil aleteo.

__¡Cierren ligero, que el pájaro está suelto y a lo mejor...!

__¡Allí! ¡Miren qué lindo! __saltaba Carolín con ambos brazos en actitud de súplica.

La tímida avecilla revoloteaba rauda por las vigas del techo.

__¡No dejen que se escape!

__¡Yo lo quiero!

__¡No! ¡Es mío!

Y enloquecidos por extraña consigna nos lanzamos a la caza del pájaro.

__Cuidado con Andrea --advertía Melania, pero nadie hacía caso. Y era de ver la grita que se alzaba cada vez que la víctima hacía intentos de huir por las rendijas.

Azorado por nuestra batahola, el pajarito, que era un tierno azulejo, fue perdiendo las fuerzas, y, sin aliento, se posó en una viga, con el pico entreabierto, falto de aire.

Notándolo rendido, fui subiendo por la pared de quincha hasta las varas del techo. Todavía el azulejo dio varios sal­tos locos y volvió a detenerse definitivamente fatigado.

Yo, sabiéndome el centro de todas las miradas, fui acer­cándome al sitio con cautela felina. La codicia del triunfo había eclipsado la noción del peligro.

Como tenía sudados pies y manos, perdía seguridad ya que las trabas se volvían resbalosas. Con el menor desliz llevaba el riesgo de quedar desnucado. Noté esa contingen­cia cuando miré hacia abajo. Mis primas me observaban con el grito en los ojos. Habían quedado mudas, circuidas por ese hondo silencio que reina a veces en los circos. Carolín, sin embargo, no me miraba a mí: sus verdes ojos hechizaban al pájaro. Sí, los tenía clavados en él, como las víboras, en actitud hipnótica. Comprendí que la caza ya era asunto de honor: debía lograrla sin temor a la muerte.

La pobre criaturita de Dios cayó en mis manos, empapa­da de sudor y palpitante como un corazoncito emplumado. Bajé entre mil aplausos, y me sentí glorioso como el príncipe de un viejo cuento de hadas. ¡Yo, poseedor del pájaro del sueño, podría desencantar a la princesa dormida!

Todas, cual más cual menos, esperaban ser dignas del obsequio; pero, ¿por qué entregarlo si yo lo había cazado? Sí, era mío, mi tesoro; yo quería conservarlo: pero no había contado con el llanto de las miradas verdes.

Hecha una furia, se mesaba el cabello y daba aullidos como chanchita en vilo.

__¡Yo lo quiero! ¡Lo quiero!

__¡Dale el pájaro, niño! -sentenció mi abuelita.

Mis primas protestaron: ¿Por qué tenía que dárselo? Me sentí protegido; pero miré a mi Nana. Yo bien la conocía, un gesto austero no presagiaba paz. No me agradaba verla de mal humor. Bajé la vista: contemplé al azulejo, y, en silencio se lo di a Carolín.

__¡Muy bien! ¡Así me gusta! ~finalizó mi abuela~ ¡Ya eres un hombrecito! Pero abre las ventanas, que hace calor. Ya el pájaro está preso, y es difícil que Carolín lo deje escapan ya habrá maneras de encontrar una jaula.

Yo, furioso, puse de par en par todo postigo de ventana o de puerta dejando entrar el sol, la brisa fresca y el arrullo del mar.

Una de las ventanas era muy baja. De un salto me subí en el alféizar, crucé las piernas y quedé compungido mirando al pajarillo y a mi cruel enemiga.

Echada en tierra, le alisaba las plumas, y á veces me miraba con sus ojazos verdes.

De pronto comprendí que un grave riesgo se cernía a mis espaldas. Los gestos de mis primas denotaban su gran desasosiego

Por fin, una gritó:

__¡La loca Andrea!

Miré súbitamente hacia atrás y quedé extático: Vi unos ojos salientes, una boca deforme y unos brazos horribles.

Quise escapar de un salto, pero sus uñas se hincaron en mis hombros, y su estridente carcajada de obsesa resonó a mis espaldas dándome escalofríos.

__¡Abuelita! ¡Abuelita! -llamó una de mis primas.

Esta, que había salido, regresó desalada: "¿Qué ocurrió, Virgen Santa?". Y al ver lo que pasaba, dijo casi entre dien­tes: "¡Cielo Santo! ¡La loca!"

__¡No estoy loca! ¡Mentira! --rugió la endemoniada-- ¡Todo es pura calumnia de los médicos ... porque como los odio me quieren encerrar en el manicomio!

__Yo sé que no estás loca, pero deja al muchacho, ¿no ves que está asustado?

__No lo suelto, si no me da mi pájaro. Ya sé que él le echó mano.

Al oírla, yo me sentí aliviado. Si sólo era cuestión del azulejo ¿quién se lo iba a negar?

La horrenda bruja se me acercó al oído (sentí su tufo a ron):         ,

__Si esa chiquilla no me da el pajarito, te corto el tuyo.

Yo comencé a rezar dentro de mí: "Padre nuestro que estás en los cielos..." y ya sentía en mis carnes la frialdad del cuchillo, cuando vi a la mocosa dar un salto que yo ¡vál­game Dios! creí en mi ayuda; pero hizo lo contrario, pues sin medir el riesgo que pendía sobre mí, la muy traidora pre­sionó al pajarito contra su pecho y echó a gritar corriendo playa abajo.

__Esa otra loca va derechito al mar... --gruñó mi abuela.

Mis primas y Melania se lanzaron tras ella en infernal batahola. La loca, ya atacada de un acceso de risa, me dejó en libertad. Volé dispuesto a sumergirme en las olas sin miedo a los caimanes por salvar de su seno lo que era mi tesoro: el pajarito.

Cuando bajé a la playa, ya mis primas traían a Carolín hecha una sopa. La muy terca ni aun a punto de ahogarse se deshizo del ave.

Le quitaron las ropas, la friccionaron toda con alcohol mentolado y envuelta en una toalla, la sentaron al sol.

__¡Muchacha idiota! --la apostrofó mi abuela-. Más lo siento por ese animalito. ¡Míralo! ¡Está aterido! ¡Pobrecito! Notando que la bruja no estaba (¿dónde se habría metido?), yo oteaba, receloso, hacia el camino por si acaso volvía. No era prudente correr un nuevo riesgo; pero cuál fue mi asombro cuando la vi llegar muy serenita trayéndome una jaula.

Me la entregó diciéndome:

__Lo mejor es tenerlo aquí encerrado; pero no se te olvide: Si no me lo devuelves, te corto el tuyo.

Me hizo una mueca rara y se marchó muy oronda.

Con el calor del sol ya el pajarillo parecía reanimado. Carolín desde luego, no aceptó lo de meterlo en la jaula.

__¡Qué terquedad, muchacha! ¿No ves que va a volar? En ese caso, córtale las alitas --aconsejó mi abuela.

__¡No¡ ¡No! ~gemí angustiado--; pero ya Carolín, muy oficiosa buscaba las tijeras.

__No creo que vas a hallarlas --aseguró mi Nana-; ni siquiera han subido el equipaje.

__Ya fueron a buscarlo --dijo Melania, que estaba en la cocina destazando la carne para asolearla-; para eso está afilado que ni mandado hacer este cuchillo.

(Me estremecí pensando: "Corta una hebra en el aire".)

__Deme acá ese bichito.

Lo apoyó sobre el leño de picar las verduras y de dos o tres tajos le picoteó las plumas de las alitas.

__Verá que ya no vuela.

Como demostración, soltó a su víctima, que inútilmente quiso intentar su vuelo dando saltos grotescos y tumbos de ebrio. Melania desgranaba su mazorca de risas. Mis primas la imitaban. Y también Carolín... Yo estaba a punto de desatarme en llanto. Aquella burla me hizo sentir contra ella no sé qué antipatía singular. Era una especie como de odio atractivo.

La inocente avecilla proseguía vanamente su parodia de vuelo, cuando vimos de pronto algo imprevisto que nos heló de asombro. De uno de los rincones saltó un cruel gato ne­gro con la muerte en las garras. Menos mal que Melania su­po espantarlo a tiempo lanzándole el cuchillo. Por poco le da al pájaro. Carolín, asustada, lo levantó del suelo.

__¿Ya ve? --gritó la zamba-. Para eso está la jaula. ¡Métalo pronto, niña!

__¡Qué gato más horrible! --comentó mi abuelita.

__No es gato sino gata... --corrigió la costeña--. Ya verán esta noche qué laberinto forma con los morrongos. La conozco muy bien.

Al decir esto, musitó algo confuso con gesto cabalístico. En sus labios revoloteó el misterio.

__No crean lo de la bruja --susurró-; pero dicen... --¿Qué dicen?. . ,

__No sé qué han inventado con esa pobre loca... Dicen que cada noche...

__Mejor es que te calles, que se van a asustar -terció mi Nana--; después se arma la grande cuando oscurezca.

Melania se quedó con el cuchillo en suspenso mirándola indecisa.

__Lo cierto es que las ánimas parece que la ayudan... Yo rezo La Magnífica...

__Te he dicho que te calles. ¡Alabado sea Dios!

__Usted lo ha dicho; pero vean, esa gata tiene al diablo en el cuerpo. No hace mucho persiguió a una culebra que iba a matar al pájaro.

__¿Qué has dicho?

__¿Una culebra?

__Si, mi niña. Bien grande. Se había metido al rancho.

__Bueno, a comer, muchachas --desvió mi Nana.-. No se olviden que hay que lavar los platos. Y tú -me dijo a mí-, mete en la jaula al pájaro, porque esa gata negra puede volver.

Ya escamada, Carolín me lo dio. Por fin vino a mis manos de nuevo. ¡Con qué gozo acaricié sus plumitas! Lo introduje en la jaula que ya pendía de un clavo, y no dejé de mirarlo mientras comíamos.

La modorra de la hora y el hartazgo, sumados al can­sancio, pusieron en la atmósfera la molicie del sueño.

Como no habían subido el equipaje, no había ropa de cama.

__Que cada cual se acueste donde le sea más cómodo.

Sólo había una yacija con colchón y en ella se acostaron dos primas. La mayor fue a tenderse en una hamaca que había bajo los árboles.

Mi abuelita distribuyó las prendas de dormir que halló a mano.

__Tú, ponte esto mientras llega el pijama -me dijo.

Era un viejísimo camisón muy raído.

Con todo mi bochorno no tuve más remedio que encas­quetarme la odiosa vestimenta. ¿Qué diría Carolín cuando me viera? Ya presentía sus burlas, cuando la vi de pronto he­cha un fantasma con otra blusa blanca hasta el tobillo. Ya no sentí vergüenza. Los albos camisones nos ponían a la par.

Carolín daba vueltas con su nívea hopalanda que ondu­laba englobándose, y reía muy contenta. De pronto, ensom­brecida, se aproximó a la jaula.

__¡Mira el pájaro! --dijo- Yo creo que tiene frío. ¿Ves cómo tiembla? Mejor es calentarlo.

Lo sacó de la jaula y lo introdujo en su seno.

__Cuando ya se reanime, te lo entrego para que tú lo metas en la jaula.

Mi abuela se acercó:

__¿Qué es lo que esperan? Hay que dormir la siesta. En esa estera caben ustedes dos.

__¿Allí en el suelo?

__Sí, en ese rinconcito. Esta noche conseguiremos camas. Ni protestar pudimos.

Ya acostados, nos cubrió con la sábana; cerró bien los postigos: y salió muy ufana tal vez a atar sus sueños en la cocina.

Rendido de cansancio, yo me sumí en profundo letargo. Soñé con unos ojos enormes como el mar y con pájaros de colores muy raros.

Me despertó de pronto una culebra que iba subiendo por mis piernas.

Semidormido apenas, quise apartar aquello que ya mi adormilada conciencia había intuido como algo inofensivo; pe­ro al notar que aquello era la mano de Carolín, no supe si apartarla o dejarla.

__No sé qué se ha hecho el pájaro --bisbisó con miste­rio-; yo creo que se ha escondido por aquí, entre tus piernas.

Hurgó con ambas manos y agregó:

__¡Ya lo tengo!

Yo, notando su error, no dije nada. Me divertía el en­gaño que sufría la muy tonta.

Sin percatarse de ello, susurraba a mi oído:

__No te muevas para que no se escape. ¿Ves? Con el calorcito, ya no está alicaído. Cuando ya se reanime, lo metes en la jaula.

Todo esto lo decía tan pegadita a mi cuerpo que, al notarla encendida y sofocada; pensé: "Tiene la fiebre". Sa­bía que en esos casos espetaban ricino, quinina o sal de Glauber, y me reía dentro de mí pensando la cara que pondría la muy llorona, pero yo me iba hundiendo como en copos de niebla, me sumergía en abismos profundos, tenebrosos; y al fin quedé sumido en densidades azules donde sólo volaban los pájaros del sueño.

De repente sentí un feroz pellizco que me hizo ahogar un grito.

Fue Carolín. ¿Por qué?

Se irguió furiosa.

__¡No sirves para nada! -masculló.

Y levantándose, fue a echarse con mis primas, que ni se dieron cuenta porque estaban rendidas.

Yo, a punto de llorar y acariciándome la parte dolorida, me dormí sollozando.

Bruscamente me despertó de nuevo un gran bullicio. ¿Qué diablo sucedía? La luz entraba por puertas y ventanas y todo el mundo armaba un laberinto infernal.

Protestaban por algo que había hecho Carolín. Supuse que a lo mejor, dormida, buscaría al pajarito quién sabe adónde.

La reñían a cual más. Ella callaba.

__¡Tan grande y todavía!.., ¡Chiquilla idiota! ¡Dormi­rás en el suelo!

__¡Vergüenza había de darte!

__¡No habiendo un orinal, se hace en la playa! ¡Cochina! ~¡Miren, qué asco! ¡Nos mojó hasta la sábana! -¡Sáquenlo todo al sol! ¡Pronto, muchachas! Hay que orear esas cosas!

Cuando al fin comprendí, probé tal júbilo (por lo del pellizcazo) que me reí a mis anchas.

Ella, corrida, ya no pudo frenarse. Allí fue Troya, por­que todo su cuerpo se desgajó en chubasco de llanto y de lamentos.

Mi abuelita se le acercó mimosa:

__¡Ya! ¡Ya! ¡No es para tanto!

Mis primas la imitaron muy compasivas, y ya la conso­laban, cuando oímos de pronto un alboroto de botellas que­bradas y cacharros que ruedan con gran estrépito.

La costeña gritaba:

__¡Corran! ¡Corran! ¡Apuren, que la gata se come al pajarito!

Volamos desolados. Ya era tarde.

Melania había logrado que el felino soltase a la avecilla, pero ésta yacía muerta o casi casi.

La recogí del suelo y al ver sangre en mis manos sentí tanta tristeza que no pude reprimir un gemido.

__¡No! ¡Los hombres no lloran! -dijo mi abuela.

Carolín se me acercó taimada y, sin que nadie la oyera, me dijo vengativa:

__¿Viste, bobo? ¡Toda la culpa es tuya!

__Mejor es que ya entierren a ese pobre bichito -nos sugirió  mi Nana.

La cuestión del sepelio nos pareció de perlas.

Carolín y las primas recogieron florecillas silvestres, y yo con el cuchillo corté trozos de caña para hacer una cruz.

__Deme acá ese cuchillo, que está muy afilado y es capaz de cortarse --dijo Melania.

Hice un esguince y escapé hacia la playa. Ya allí, seguí labrando mi cruz con un gran esmero, mientras hacían la fosa es que enterraron al pájaro.

Cubierto ya de arena el diminuto cadáver, adornaron el túmulo con multitud de pétalos.

La cruz ya estaba lista, pero yo procuraba agudizar sus extremos como las que había visto en el cementerio cuando lo del entierro de mamá, pero las lágrimas no me dejaban ver muy claramente. Pensé: "Voy a cortarme". Carolín, al notarlo, se me acercó contrita.

__Clava esa cruz ligero, que te vas a cortar...

Y, abrazándome con toda su ternura, me aconsejó:

__Esta noche no debes olvidarte.

__¿De qué? -le dije.

__De meter en la jaula el pajarito...

__¿No ves que está enterrado? -sollocé enfurecido.

Los ojos verdes de ella rebrillaron como los de una víbora.

Y nuevamente la crueldad de sus uñas presionó el mismo sitio en que aún mi carne sufría por la magulladura anterior.

Fue tan inesperado, tan intenso el dolor, que todo mi odio subió en ciclón de furia hasta cegarme como a animal herido.

Lancé una queja sorda y, loco de ira, enarbolé mi cuchiIlo. Tal vez iba a clavárselo en el pecho o en el vientre; quizá le habría causado alguna herida sin mayor trascenden­cia; pero lo cierto es que alguien me agarró por el brazo. Era la loca.

__¡Suelta el arma! ¡Asesino!

La arrancó de mi mano y, alzándome la blusa, gritó:

__¡Ahora en castigo, te corto el pajarito!

Fue tan grande mi miedo, que de un tirón violento le dejé entre las manos mi camisón rasgado y escapé desnudito a grandes saltos como quien ve a las ánimas.

Un gran coro de burlas estalló a mis espaldas mordiendo mi vergüenza. Reían a carcajadas Melania, Andrea, mis pri­mas, Carolín y la brisa. Sí, era un tropel jocundo que azotaba mis carnes como ortigas hirientes.

Entonces comprendí por qué esa risa con sabor a mujer iba siguiéndome como una perra en celo: Había olfateado los pájaros del sueño...

 

FIN


   

 


                                  

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