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UN REPTIL DECAPITADO
Rogelio Sinán
Tras el cruce del llano, el pequeño auto, envejecido y maltrecho, logró avanzar apenas hasta el comienzo de una cuesta escabrosa. A pie, bajo los rayos de un sol caliginoso llegué con mis amigos a un bohío solitario junto al río en un recodo de tan espesa vegetación que parecía un trozo de selva. Me eché cansado en una hamaca de la que ya no quise levantarme, arguyendo que yo nada sabía de avalúos. El campesino, dueño de aquellas tierras, deseaba un préstamo del Banco. Dijo que loma arriba nos esperaba su mujer, cocinando. Guiados por el hijo mayor, mis amigos siguieron adelante.
Tras mi segundo vaso de chicha fuerte sentí urgencia tan apremiante, que lo participé con cierta angustia. El hombre, de pie descalzo y algo aindiado, que ya salía Machete en mano con el hijo menor, dijo mostrando la -maleza:
-Lo hacemos en el monte; pero tenga cuidado con las culebras.
Siempre las he temido. Se lo dije. Me vio tan asustado que se dispuso a acompañarme. Siguió adelante con el niño y zocolaba, limpiaba la maleza para que yo pasara sin temor.
Vi que de pronto se detuvo e hizo una seña. A pocos pasos, una enorme culebra pendía de un árbol, lista a caer sobre su presa.
Aterrado, propuse regresarme, pero el hombre le dijo al niño:
-Sigue.
-Por mí, no arriesgue a su hijo -argumenté.
Fue inútil. Haciendo caso omiso de mi advertencia, de modo imperativo, hizo que el niño se fuera aproximando hasta el ofidio que, a su vez, descendía dispuesto a echárselo.
El brazo y el machete al desplazarse dejaron ver apenas un destello fugaz. Separada del cuerpo y ya en el suelo, la cabeza de la voraz serpiente abría y cerraba la boca como en un vano intento de venganza. Sin darle al hecho la menor importancia, el indio me señalaba un sitio donde podía librarme de mi urgencia.
-Ya no hace falta -dije.
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