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JESÚS: NUEVAMENTE ENTRE ESCRIBAS Y FARISEOS
 


José Carr M.


I. Jesús: Nuevamente….

Hace años que me ocupo de la figura de Jesús. Me interesa el Jesús histórico, por supuesto. El otro, el que ha deformado para su mejor mercadeo la Iglesia Cristiana y así servirse de él, desde hace más de 20 siglos, no me interesa. Al fin de cuentas es una falsificación, una mitificación que ayuda muy poco a la humanidad al perfeccionamiento.

Jesús, tanto el histórico como el que se inventó la Iglesia, nunca ha dejado de gravitar con peso en la llamada cultura occidental. Para bien y para mal, Jesús es la presencia más influyente en la conducta ética y moral de la mayor parte de la humanidad a nivel mundial.


Jesús es una construcción cultural desde la religión y es un discurso arquetípico de lo humano con alcance planetario y, paradójicamente, es el personaje histórico más estudiado y el menos conocido.

Por todo lo anterior, es natural que en cada una de las profundas crisis que periódicamente estremecen a la sociedad humana, las miradas se vuelvan hacia su figura para revalorarla, transformarla y acomodarla a los nuevos cambios que se anuncian.

El resultado de esas re-interpretaciones, revalorizaciones y acomodos de Jesús y sus enseñanzas a los tiempos críticos, suele resultar en el de un ser cada vez más alejado del hombre que una vez existió, que caminó los poblados y ciudades de Palestina y propuso, a la vez que enseñó, una forma de convivencia en la que el amor como fuerza transformadora ocupara el centro de la acción humana y abriera un espacio necesario para alcanzar un estadio superior en el proceso de humanización.

Jesús ha vivido tantas existencias como tantas crisis ha vivido Occidente. Y de cada una ha salido con un rostro y un mensaje distinto.

Cada vez que cambian las necesidades profundas y las intenciones de largo alcance de quienes detentan el poder global, así mismo el mensaje del más universal de los judíos es ajustado a dichos cambios.

Los ajustes se realizan desde los mismos centros del poder político y económico. Por lo que no debe extrañarnos ni debe resultarnos casual que la Iglesia institucionalizada, invariablemente, se encuentre al lado y del lado de los poderosos del mundo.

La iglesia de Cristo es un poder del mundo y la lección del ejercicio y administración de ese poder la aprendió de la Roma imperial. Esa ha sido y sigue siendo su herencia más preciada y es mejor defendida que el mensaje de amor o las enseñanzas de ejercer la libertad sin temor a los poderes del mundo que nos legó aquel judío universal llamado Jehoshúa Bar Joseph: Jesús Hijo de José.

II. Entre escribas….

Jesús instruyó a sus discípulos en el amor, la libertad de elegir opciones éticas superiores y la desconfianza hacia el poder, al que descalificó como tal.

Son fascinantes sus atrevidas nociones sobre el poder, además de certeras. Cuando los envía a predicar, en grupos de dos y número de setenta, les indica que los envía al mundo como a corderos entre lobos y les aconseja: “sed mansos como palomas y astutos como serpientes”.

Otro pasaje es altamente iluminador sobre el alcance y la intención verdadera de ese brillante maestro que fue Jesús. “No acumuléis en el mundo”, dice a sus oyentes, “en donde hay ladrones que os pueden robar o polillas que pueden destruir lo que guardéis” y luego agrega, en un remate brillante, “acumulad en el cielo, en donde no hay ladrones, ni polillas ni comadrejas que roben vuestros tesoros”.

Jesús predicó un mensaje de aproximación de la persona humana a su liberación. Señaló el amor como forma segura de conocer el reino y el sacrificio generoso por los demás como el camino para llegar a esa patria de felicidad.

El nuevo evangelio, la nueva noticia consistía en un mensaje sencillo, pero de gran fuerza atractiva: “el reino de los cielos está entre nosotros, en la tierra”.

No hay ninguna pista clara sobre lo que quiso decir Jesús cuando señaló la presencia del reino entre las personas. Lo que sí no dejó abierto a dudas fue que todos, absolutamente todos, podían acceder a ese reino porque estaba aquí, entre nosotros.

Teólogos e inspirados han creído entender que ese reino estaba dentro de la espiritualidad humana, en la búsqueda incesante de la perfección a través del ejercicio del amor al Dios creador y al prójimo.

Otros creyeron que se trataba del cumplimiento de una promesa inserta en el corazón de la tradición judaica: “Y yo te haré nación de Santos; porque yo soy Santo, tú Dios”.

La influencia helénica terminó marcando la diferencia y dio la explicación que el Paulismo y todas las corrientes posteriores que, a despecho del propio Jesús, terminaron construyendo el discurso crístico.

El reino terminó siendo un lugar al que sólo se accede después de haber muerto, igual que al Olimpo griego, y el hades (o infierno griego, tan benigno y despojado de todo sentido retaliador) se convirtió en el infierno cristiano, tan inverosímil como absurdo desde el mismo centro de su formulación.

Si el alma es inmortal, ¿qué sentido tiene hacerla arder eternamente en un infierno? Si Dios habita en cada hombre y el sacrificio de Jesús liberó para siempre al alma humana del pecado original, ¿no se castiga Dios también al castigar el alma humana pecadora, invalidando al mismo tiempo el espantoso y cruel sacrificio de Jesús en el madero del Gólgota? Si una parte de Dios está en la criatura humana, ¿no se condena Dios a sí mismo, y en forma eterna, a la incompletud cada vez que condena eternamente al infierno a miles y millones de almas perversas?

Cada una de esas preguntas ha hecho parir miles de preguntas más. Y cada respuesta se ha correspondido con una posición teológica y una persecución. Como el mítico demonio, ese aluvión de preguntas y posiciones lleva por nombre Legión.

Eso se explica porque el cristianismo es una concepción que maduró alejándose de la raíz judaica, enfrentándola y negándola, al mismo tiempo la saquea y termina por romper con la tradición cultural y religiosa del propio maestro (que nunca dejó de ser judío), solo para lograr acercar la nueva doctrina al poder que condenó a muerte su inspirador: Roma.

Jesús, ¿hombre o Mesías? Jesús; ¿Mesías davídico o ungido de Dios?; Jesús, ¿siervo sufriente de Yaveh (ebed Yaveh) según la tradición judaica respaldada por Isaías o Dios hecho Hombre, según la tradición helénica que crea e impone Pablo de Tarso? Finalmente, Jesús, ¿último de los profetas de la larga tradición del profetismo judaico o filósofo helenizado, continuador de los cínicos o precursor de los estoicos latinos? La discusión da para mucho.

Llegada a ese punto la curiosidad y la necesidad de un Jesús más cercano a quienes anhelan la salvación, porque les resulta cara a sus necesidades, tienen la palabra sus escribas del pasado, sus escritores del presente y sus profetas del mañana.

III. Y fariseos….

El fariseísmo fue la posición política y religiosa más cercana a las ideas que Jesús, mientras duró su ministerio, defendió. Contendió dura y abiertamente contra el saduceísmo y condenò la práctica de los fariseos que no eran consecuentes con su discurso.

Jesús pudo reclamarse como un continuador de las enseñanzas de Hillel, un maestro fariseo con el cual su doctrina tiene gran similitud y que le antecedió. Pero igualmente pudo ser continuador de la tradición conocida como la Cuarta Filosofía que preconizaba el final de los tiempos y tendía como sus libros fundamentales el del profeta Oseas y el tardío Libro de Daniel.

Conoció perfectamente a los profetas mayores e hizo de Isaías uno de sus profetas preferidos. No es improbable que el profeta Elías y los libros fundamentales de la Tanakh fueran de su completo dominio, dada la cercanía de sus enseñanzas a la de la secta judaica conocida como los Esenios, avecindados en el Monte Carmelo, en las proximidades del Mar Muerto y cerca del desierto de Judea.

Jesús fue discípulo de Juan El Bautista. Convivió suficientemente con él y es posible que parte de sus enseñanzas deriven de las de aquel ermitaño seguidor del antiguo profetismo ascético.

Los evangelios se escribieron muchos años después de su muerte. Muchas de sus enseñanzas ya se habían perdido o se habían conservado desde la oralidad, con todo lo que esto supone en imprecisiones, alteraciones y tergiversaciones.
Se supone que los evangelios derivan de un proto evangelio al que se fueron agregando capítulos, dichos y enseñanzas del maestro conforme la necesidad y la expansión de la nueva fe así lo fueron aconsejando.

Por cierto, las necesidades de la naciente iglesia y la expansión de la nueva fe no siempre coincidieron. Los padres de la fe cristiana muchas veces aplicaron criterios de “real politik” para resolver necesidades en detrimento de la fe que nacía. Allí jugaron su papel los nuevos escribas de la fe y los “inspirados” intérpretes del maestro, muy bien posesionados de su papel de creadores y fijadores de un canon.
 


Hacia el año 200 después de la muerte de Jesús, se conocían más de 14 evangelios. La mayoría se contradecían entre sí y reflejaban las distintas tendencias, posicionamientos e intereses que los discípulos y las nacientes iglesias sostenían, muchas veces en medio de duras y terribles contiendas.

No debe sorprendernos que, recientemente, un evangelio de Judas Iscariote haya situado en el centro de la polémica la tradicional interpretación de la pasión y el sacrificio en la cruz de Jesús, desde una posición gnóstica que la iglesia oficial persiguió con saña y crueldad rayana en el homicidio en muchas ocasiones.

Sorpresa nos debería causar el que no haya más evangelios. De hecho existieron muchos y se redujeron a cuatro en el marco de un hecho mayúsculo de intolerancia, por parte de los “padres de la iglesia”, y como una necesidad de consolidar el poder en ascenso del movimiento cristiano.

Todas esas luchas y disensiones, persecuciones y discusiones fueron las que crearon el canon bíblico del cristianismo y fijaron la teología cristiana que terminó colocando a Jesús en el trono de Jehová, el viejo y siempre omnipresente Dios judaico.

La teología católica nos arrebató al hermano que un día caminó por las aldeas de Palestina, pescó en el mar de Galilea y nos llamó a la vida. Nos entregó a cambio un ídolo que no nos toca, no nos habla, no nos ve, no nos escucha y, por tanto, no tiene poder para transformarnos.

Hoy día Jesús, al igual que el Dios del Sinaí en el que creyó, carece de rostro por la excesiva acumulación de ellos. Tiene miles, como miles han sido sus intérpretes en distintas épocas y, por ende, su historicidad se ha perdido.

Hay, pues, tantos Jesús como vicisitudes ha tenido su doctrina. Y cada una de esas posiciones ha defendido una visión del mundo enfrentada al reino que el maestro aseguró ya estaba aquí, entre nosotros.

El hijo de José y María, paradójicamente, se ha convertido en lo que era el Jehová de la fe judaica por los tiempos en que él vivía. Un Jehová que hacía ya muchos siglos había abandonado el templo de Jerusalén. Porque cuando el maestro galileo caminó su patria, la religión era un peso opresivo sobre la conciencia y la vida material de su pueblo. Los profetas cantaban su poesía de esperanza y lucha por la libertad humana desde la letra muerta de los pergaminos y no producían ecos ni respuestas, porque estaban vaciados de interpretación y de poder movilizador.

Jesús halló un ritual muerto, aderezado con sacrificios crueles de animales que, como ya habían dicho otros profetas: “resultaban abominables para el Dios de Israel”. Pero a la vez encontró la poesía que su época reclamaba. La que era capaz de movilizar a los más sensibles, a los perseguidos y hambrientos, a los deseosos de amor, a los necesitados de consuelo, a los pobres de la tierra, y les ofreció la posibilidad de un reino para todos.

Jesús encontró un negocio muy bien establecido en el templo, cuya mercancía fundamental era el miedo a la condenación y el miedo a Dios. Desafiar ese orden opresivo le costó la vida. En eso ha convertido la religión católica, el nuevo fariseísmo en todas sus variantes, a Jesús: En un negocio que todavía vende bien.

Que Jesús sea la figura que más dinero le reporta a quienes manejan su enorme valor de icono cultural y de arquetipo humano es, igualmente, normal en una época en la que el capitalismo todo lo ha transformado en mercancía y en la que se carece de héroes positivos.
Toda vez que la teología y sus detentadores: los poderes eclesiales han perdido el monopolio de discutir e interpretar la fe, el ejercicio de esa práctica se ha desplazado hacia sectores sociales que han hecho de la misma su universo de estudio, su campo de investigación, su espacio de re-creación y hasta una forma de acumulación de riquezas.

No debe extrañarnos que Gibran Jalil Gibran, José Saramago, Norman Mailer, Dan Brown, Paulo Coelho, J.J. Benítez, Mel Gibson (el cineasta) y tanto escritor o seudo investigador nos hayan ofrecido o nos ofrezcan su Jesús reinterpretado, vivo desde esa otra forma de existencia que es el libro o desde el cine, que es más directo y convincente.

Muchos de ellos son los teólogos de la new age. Ellos orientan o desorientan a una humanidad sedienta de luz y guía, pasando a llenar un espacio que hace mucho tiempo, quizás desde la mitad del siglo XX, la iglesia empezó a perder con una tendencia que demuestra claramente que ya no podría ser revertida tan fácilmente.

Jesús, pues, nuevamente se encuentra entre escribas y fariseos.

   

 


                                  

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