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ARDOR EN LA MEMORIA

Manuel Orestes Nieto
El 16 de diciembre de 1998, tuve el privilegio de presentar El Libro de la Invasión de Pedro Rivera y Fernando Martínez, en el Auditorio de la Lotería Nacional de Beneficencia. Aquellas palabras fueron dichas con dolor y durante un tiempo estuvieron solas en la computadora, esperando nuevos lectores. Hoy, con algunas precisiones, comparto aquellas palabras casi sueltas y pequeñas ante los hechos que ocurrieron. Nando y Pedro, como les decimos los amigos, nos han dado uno de los libros más conmovedores de nuestra literatura.
El más ancestral de los actos de comunicación humana es considerado, por paradoja, al remitirnos a la esfera específica de la literatura, como el más reciente. O mejor aún, el reconocimiento del testimonio como un hecho literario, parece un hallazgo creativo contemporáneo. Sin embargo, en su más amplio sentido y alcance, es tan pretérito como la voz gutural de aquellos seres humanos que aún no dominaban la naturaleza. Testigos del miedo, del aluvión, de lo inerte, de la muerte incomprensible, dejaban señales, trazaban sus eventos, dibujaban y conjuraban, para fijar su historia. Más acá, el papiro, el jeroglífico. Más cerca aún, la Carta Romana, el Diario de Colón, las Crónicas de Oviedo, el gigantesco Archivo de Indias, las canciones esclavas, la oralidad del sometido, trasmitida de generación en generación.

En todas las perspectivas y casos, ya fuese del colonizador o el colonizado, como epopeya o tragedia, está el testigo: aquel que deja para otros y para después, con formas y ópticas disímiles, una vivencia, un relato, una voz reiterativa en lo ocurrido, una imagen, el contexto de un hecho espectacular e incluso irrepetible. El testimonio, en suma, de haber estado allí, de haberlo vivido, de haberlo presenciado.
En general, literatura e historia se funden en el resultado final, sobre todo porque el testimonio excluye la fantasía y se fundamenta en los hechos. Y la historia es, justamente, entre otras cosas, la ininterrumpida sucesión de eventos en el tiempo consciente. Es lo que vamos siendo.

Pedro Rivera y Fernando Martínez, son los coautores de El Libro de la Invasión. O sería mejor decir que realizaron el acto de armar un documento, un resultado textual, legítimamente identificado como un libro testimonial, y por tanto, no estrictamente de ellos, sino de aquellos muchos que vieron, vivieron, padecieron y relataron el avasallador trance de la invasión a Panamá de diciembre de 1989.
He tenido el privilegio de conocer muy de cerca el trabajo monumental en el que Pedro y Fernando se enfrascaron. Es que la invasión se desencadenó, con sus anuncios previos, en aquella diabólica dinámica, cabalgando en aquella crisis compleja y polar, convulsa y contradictoria, en aquel desfiladero donde colapsó el país.
Territorio, seres humanos, agresores e historia, quedamos inmersos en una tragedia nacional, en una barbarie que avergonzó nuestra vida, en una hora indeseable que nos maltrató. En el fragor de la violencia desatada, en el escenario mismo de los hechos, se inició este libro. Se tomaron los testimonios, se grabaron voces ardientes, voces apagadas, voces dolorosas, voces con miedo y con ira, con impotencia, voces que incluso decían no creer lo que vieron, voces que aclaraban que nadie iba a creerles lo que decían, voces con lágrimas.

El libro de la Invasión es la suma de esas voces; el testimonio plural de un conjunto de panameños a los que tocó muy de cerca el impacto de la invasión. Los testimonios recogidos, obviamente centelleantes por la magnitud del fenómeno militar, fueron ordenados con paciencia, clasificados en zonas comunes de eventos, cernidos hasta donde fue posible de la imaginería, el protagonismo o la magnificación, contrastadas versiones y, literalmente, cosidas las declaraciones en una armazón que da por resultado este libro, que puede leerse ahora con coherencia, objetividad y certidumbre.
Estoy convencido de que los autores así lo quisieron y así procedieron. Ni Pedro Rivera ni Fernando Martínez plasman una opinión desde su ángulo subjetivo, no intervienen, no adjetivan. Es más, ni siquiera acusan. No es un ensayo, no es una tesis histórica sobre esa invasión. Unieron las voces tomadas en el ardor de la agresión y en el daño de diversas secuelas, para que ellas lo dijeran todo.

Lo que también hicieron fue señalizar el camino de lectura del libro, para que los testimonios no fuesen simplemente la expresión caótica de un fenómeno de por sí caótico. Esas señales son los títulos de otros libros, los versos conocidos, el hilo de plata literario, con los que nuestros escritores han plasmado sus vivencias y pareceres a lo largo y ancho de nuestra formación como país. Así, el testimonio diverso, la masa de información, ganó su estructura formal, se organizó en capítulos temáticos, se ensambló en una gran unidad.
Estamos, pues, ante una obra mayor. Y más que eso, esta obra está llamada a ser, sin ninguna duda, un punto de inflexión determinante de la producción intelectual en nuestro país, en nuestra manera de abordar los asuntos medulares desde la literatura y, por qué no decirlo, en forma inteligente y resuelta con talento.

Hay que aplaudir el advenimiento a la bibliografía nacional de esta obra, por su valor intrínseco, su valor de recuperación socio-histórica, el poder de ubicuidad de sus autores y su honestidad a toda prueba en el tratamiento temático.
Uno puede escribir en la herida, escribir incluso en la cicatriz, pero cuando se escribe para la memoria, y en este caso, cuando se ordenan datos, sombras y dolores emanados de una realidad tan letal como la invasión, con la herramienta de la escritura, estamos conjurando esa proclive práctica llamada olvido, esa ruindad llamada distorsión y ese desarraigo llamado indiferencia. Sobre los hechos de la invasión a Panamá, el mismo Pedro Rivera ya ha advertido en otros trabajos que un poco de tierrita hemos tirado sobre los que allí murieron; yo añadiría que sobre nosotros mismos, sobre las implicaciones de aquella agresión inútil, sobre aquella desgarradura, sobre aquella violencia loca e incontrolable que a todos nos laceró y ante la cual todos, bajo el cielo de esta patria, no estamos exentos de un grado de responsabilidad.

Esos hechos sí ocurrieron, la nación tiene que asumir que transitó por esa corta, demoledora y desigual guerra. Soslayarla es un contrasentido. Lo que no puede ni debe ser es la fantasía o la fatuidad de que jamás pasó, porque sí pasó, sí la hubo y nos estragó. Y tampoco debemos dejar atrás el hecho de que nadie sabe con certeza cómo hay familias con la oquedad de miembros desaparecidos que quedaron en un limbo.
Por eso El libro de la Invasión es ya y va a seguir siendo un libro útil y aleccionador. Ambos tuvieron y tienen conciencia de que este registro pormenorizado, esta cinematografía literaria y a propósito quiero recordar que los dos son cineastas y utilizaron para realizar esta obra los recursos de la edición, el fotograma, la secuencia completa de los asuntos narrados -iba dirigida a reunir en un solo sitio un memorial sobre la invasión. Memorial -que viene de memoria-, sentido histórico de lo que acontecía, recursos técnicos del periodismo, la entrevista, y luego, el vaciado final, digamos de textura literaria, para atrapar el carácter, la densidad, de ese hecho inadmisible y mordaz que no fue ni más ni menos que un crimen contra nuestro pueblo.
Un hecho que evidenció lo glacial de una potencia imperial y su decisión ulterior de dirimir por la fuerza aquella crisis, por un extremo; y las flaquezas, intersticios y exacerbaciones en una nación transitando en lo que fue un precipicio donde terminamos cayendo, por el otro. Ya antes, sobre el libro El fin de la tregua, de Itzel Velásquez, señalé que la invasión a Panamá sigue siendo un hecho incomparable en toda nuestra historia. Demasiado vergonzoso, que a todos nos denigró y nos hizo pequeños y en algunos casos desató actitudes ruines y de espaldas a su propio país.

No se trata sólo del mundo cipayo que tanto desgarró la sensibilidad de Chuchú Martínez y terminó liquidándolo después. En ese escenario se traficó una vez más con la conciencia del panameño, se le colocó en el borde del terror y se alimentó una espesa confusión en sus apreciaciones de sí mismo, se urgó en el centro de sus reacciones como colonizado y casi, casi, terminamos dando gracias por la aniquilación de vidas.
Fue, en todo caso, la desdicha de una caravana de hombres, mujeres, niños y ancianos que iba caminando en la tortuosa historia de ser una nación y fue interceptada una funesta noche -desde un cielo incendiado- donde hicieron gotear, primero, y llover, después, la sangre misma de nuestros cuerpos, como una aberración indeseable que nos maltrató y abochornó nuestra casa. Fotografias de la invasión: Fernando Martínez |
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