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El libro de la invasión

Ardor en la memoria

de Manuel Orestes Nieto

   

 

   

LIBERTARIA

 

La cultura de la descalificación

 

Emma Gómez G.

 

Cuando en una nación la memoria está dispersa y los hechos aislados y sin clasificación, y dejados de mirar desde una óptica que analice la complejidad de las rupturas sin dividirlas en blanco o negro, muchas veces se opta por ocultar las causas de esas rupturas para estar bien con todos, lo que significa quedar mal con muchos, sobre todo con los que esperan respuestas. Significa también la acumulación de espacios para la confusión y la desorientación, al buscar que aquellos momentos que nos duelan o nos avergüencen  desaparezcan a fuerza de no mencionarlos. Pero sabemos que no desaparecen. Sabemos que se enconan o se transforman y crecen con otros nombres, con otras secuelas. Sabemos que nos deforman o que nos convierten en aquello para lo que nos preparan los que tienen la oportunidad de ocultar la historia y los que tienen la responsabilidad de analizarla y mostrarla pero optan por maquillarla para no arriesgar sus intereses.

           

            “Ten cuidado con esos que son unos codepadi”; “qué habla ella, si  era una batallonera”;  “ese era ficha de los civilistas”; “esos son unos progringos”;  “haz algo ahí medio sencillo porque después Linda nos quita la visa”;  “a ese tema mejor echarle tierra”; “a él no lo llames para ese foro porque es muy radical y nos va a meter en problemas”; “no metan a esa institución porque nos van a robar el mandado y van a creer que ellos organizaron todo”… Si pudiéramos clasificar las frases que van y vienen en uno y otro sentido sabríamos que hay quienes piensan claramente de una manera o de otra totalmente opuesta… pero hay otras frases que provienen de quienes tienen la responsabilidad de airear la habitación, de exponer los hechos, pero se descalifican mutuamente por diversas razones: porque temen ser incluidos en  listas negras, porque prefieren no hacer nada bien antes de arriesgarse a que otro se lleve los laureles (porque los proyectos no se hacen para hacer crecer al país sino para hacer crecer las ejecutorias personales), o porque carecen de la visión para realizar proyectos que trasciendan, que tengan un alcance profundo, extenso y duradero.  O cómo se interpreta que las instituciones con recursos, con especialistas en políticas culturales, con artistas que saben de los procesos del arte, opten por veladas culturales, por expresiones bohemias para públicos reducidos, por limitar la promoción del arte ya existente…  Parecieran decir mientras menos nos vean mejor: así quedamos bien con todos y no ofendemos a nadie.

 

            Marco Gandásegui atribuye esto a la falta de un proyecto de nación. Y yo me pregunto por qué una institución de cultura se plantea hacer lo mismo que los pequeños grupos que con pocos recursos organizan algunas manifestaciones, valiosas, sí, pero obviamente desarticuladas. Alguna diferencia debería haber entre un pequeño grupo de intelectuales, o patriotas, o familiares de los muertos, y la NACIÓN representada en una institución de cultura que tiene como reto articular y dar sentido a esas expresiones nacionales, a esa cultura de la identidad . Sin embargo los resultados de un acto independiente de reflexión o conmemoración  tiene a veces en este país mayor nivel de organización e impacto.

 

            Muchos movimos pañuelos blancos, por lo que podrían descalificarnos para promover la revisión de los hechos de la invasión;  muchos nos opusimos al régimen de Noriega e igualmente rechazamos la invasión. Aunque a algunos esa mezcla no parezca posible. Muchos seguimos pensando que las soluciones de nuestro país debieron y deben seguir saliendo de nuestras propias calles, de nuestros propios líderes y para nuestros propios fines como nación. Pero en ese proceso de descalificación, algunos de los más radicales contrarios al método imperialista, hoy no están interesados en mostrar en qué nos equivocamos, y  no para marcar con cruces las casas y los nombres de los infractores, sino para evitar futuros desaciertos.

 

 En ese sentido las palabras de Florentino González, en torno a las víctimas de la guerra en Colombia se duelen de que los únicos signos que hablan de los muertos son las marcas de la crueldad  sobre la propia piel de las víctimas, pues hace falta la palabra:Silencio tanto o más sintomático que la impunidad, pues el que no haya una palabra que se haga cargo de la muerte infligida tiene quizá una resonancia más ancha que el hecho de que no se juzgue al asesino, ya que habla del punto a que ha llegado la ausencia de un relato mínimo desde el que podamos dotar de algún sentido la muerte de miles de ciudadanos.

 

¿Cómo responsabilizarnos, entonces, de nuestros errores y nuestros fracasos si no compartimos el discurso en que podríamos nombrarlos? ¿Cómo compartir duelos si ni siquiera podemos llorar juntos?, que es aquel mínimo sin el cual no hay comunidad que subsista. Ahí radica la gravedad última de una situación en la que hasta la lectura de la clase pensante, de los intelectuales y las ciencias sociales, en lugar de contribuir a tejer convergencias tienda aún a fragmentar y polarizar la sociedad, ya que no hemos logrado poner en común una lectura en la que sea posible dirimir hasta dónde llega lo tolerable y dónde comienza lo intolerable.”

 

Y si hubieren palabras u obras de arte de otras disciplinas para referirse a los hechos, pero ese discurso se mantuviera encerrado, olvidado, o publicado con sacrificio y en ediciones reducidas, tendría el mismo destino de silencio e indiferencia. Y si en vez de abrir espacios trascendentes para la difusión y  revalorización de los trabajos serios sobre la invasión, descalificamos a los que lo intentan, también nos descalificamos. Pareciera que en el tranquilo caos de la indiferencia nos sentimos más a gusto pues no hay quien compita y deje al descubierto nuestra cultura de la inanición. Que la esperanza de mejores esfuerzos nos unan en la revisión de un proyecto de nación, en un proyecto de cultura donde pensar, opinar y disentir sean armas para forjar el encuentro con nuestra identidad y con las mayorías que esperan, con las mayorías que mañana podrían  descubrir que no han olvidado, que podrían buscar como en otras esferas, de manera violenta, todas las respuestas.    

   

 


                                  

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