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El libro de la invasión

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EL DEDO EN EL OJO

 

Sobre la marcha

 

Cáncer Ortega Santizo

kancersantizo@yahoo.com

 

 

La última vez que le vi fue un 20 de Diciembre, en una Marcha Negra. Me encontré con el periodista Servio Correa a la altura de la Cinco de Mayo. Estaba sentado, apoyado contra un poste; tenía una palidez cetrina y en su rostro afloraba el dolor que le producía la enfermedad que le estaba minando. La marcha, bastante nutrida a diferencia de otras anteriores, y sobre todo de muchas posteriores, estaba programada para culminar en El Chorrillo, Barrio Mártir. Servio me dijo algo así como: “Cumplo con mi parte. Hasta aquí los acompaño”. El sufrimiento físico no le permitía seguir caminando. Pero a pesar de lo duro de la dolencia que le corroía, cumplía con la Patria; con los caídos del 20 de Diciembre.

 

Esa, su actitud, es indiscutible expresión de dignidad y heroísmo. Heroísmo que daba continuidad a aquel del que hicieron gala muchos panameños ese Diciembre de 1989 cuando enfrentaron al invasor en lucha desigual. En contraste con otros, que tuvieron una actitud genuflexa, servil, entreguista ante el enemigo.

 

El 20 de Diciembre Panamá dejó caer caretas y se mostró cual es. A la cobardía opuso el valor; a la traición, lealtad; a la delación, fidelidad; a la entrega, lucha; a la rendición, Resistencia. Panamá estaba en cada panameño. Muchos crecieron con la Patria, que se hacía gigante ante un enemigo colosal y despiadado. Otros dejaron salir lo peor de sí: delataron a los patriotas que se atrevieron a enfrentar al enemigo; sacaron al asesino de la lama para que siguiera masacrándonos; mientras muchachas se subían a las tanquetas a besar y encaramarse en el soldado gringo. Abrumados y desconcertados por esta parte del inesperado recibimiento, soldados invasores llegaron a decir que Panamá significaba “cerveza barata y mujeres gratis”.

 

La Patria se cubrió de vergüenza. Y de luto. La Invasión nos dejó el territorio sembrado de fosas comunes. Un cadáver sobre otro. Amontonados. Patria sembrada de héroes y mártires. De muertos anónimos. Sin nombres ni rostros. ¡Cómo nombrar a todos los héroes cuando aún se desconoce el nombre de todos los que murieron!

 

Ante la derrota militar, la Resistencia encontró otros caminos. La Marcha Negra: manifestación de rechazo a la Invasión y homenaje a los caídos. Nuestros muertos. Una forma de reconocer su valor, su honor, y de mantener viva su memoria. La de los que cayeron en el combate, enfrentando al enemigo; la de los que fueron asesinados, calcinados en sus hogares sin poder escapar de las llamas: niños que soñaban con la Navidad; padres agobiados por la dura crisis generada por las medidas que el gobierno de los Estados Unidos mantenía contra el pueblo panameño.

 

Las marchas fueron tomando su espacio. Cada 20 de cada mes. Sumando patriotas; superando el miedo a la inquisición. La Marcha Negra crecía y hubo muchas con muchas personas. Pero a veces, los que nos congregábamos en el punto de partida, el Parque Porras, podíamos cobijarnos, todos, bajo la sombra de un único árbol de mango. Pocos, pero manteniendo la consigna: “Ni olvido ni perdón”. Olvidar sería permitir que se repitiera la amarga historia. ¿Perdonar? No existe espacio para el perdón: los que podrían perdonar, están muertos. Además, como Dios, no perdonamos si no hay propósito de enmienda. El enemigo no ha dejado de ser el enemigo.

 

La campaña contra los defensores de la Patria comenzó antes de la Invasión. Después, se intensificó. Intentaron sepultar a los héroes y mártires bajo el desprestigio para que su recuerdo se pudriera. Trataron de manchar la memoria de todos y cada uno de los caídos. Se dijo que nadie había resistido, que nadie había combatido. Se puso en duda que se luchara por la Patria.

 

Más tarde se les quiso sepultar con el olvido. Como han tratado de borrar a los Mártires de Enero. Matarles con la indiferencia, como si nunca hubieran existido. Pretender que no ha pasado nada. A pocos meses de la Invasión se celebraron carnavales que nos llenaron de vergüenza y asco. Se hizo fiesta y se bailó sobre los muertos; sobre las tumbas, sobre la fosa común recién cavada. Se despreció a los héroes y a los mártires. Se celebró sobre el dolor y el sufrimiento de los familiares de los caídos. De quienes tuvieron que sacar de las fosas comunes los cadáveres agusanados de los hijos, de los padres, de los cónyuges, de los amigos. Se pisoteó el luto de la Patria.

 

Pero no han logrado suprimir su presencia de nuestra historia. Hoy siguen vivos. En cada uno de los que les recodamos con respeto. Vivirán mientras les mantengamos vivos. En nuestra memoria y con nuestras acciones.

 

Hasta el momento, ningún gobierno ha tenido ni la intención ni el valor de declarar el 20 de Diciembre “Día de Duelo Nacional”. Sin embargo, a pesar de la indiferencia y la traición oficial, es un día de duelo. Porque nos duelen nuestros muertos. Es también, y sobre todo, día de reconocimiento al heroísmo. El 20 es lugar en el que se reconoce la valía de los que combatieron, de los que murieron enfrentando al invasor. Un ejército irregular de pequeños gigantes que mal armados las empuñaron para repeler la agresión, enfrentando en desigual batalla al ejército más poderoso del planeta.  

 

No sólo tratan de condenar nuestros muertos al olvido. Se les traiciona. 16 años después de la Invasión, el gobierno que no se atreve a declarar la fecha como Día de Duelo Nacional invita al hijo del que ordenó la masacre, a visitar el país. Se ofende la memoria de nuestros muertos. Otra vez se pisotea al Panamá que el gobierno norteamericano, su ejército terrorista, violentó. En noviembre, Mes de la Patria, George Bush, el hijo, el genocida hijo del genocida, es recibido por el gobierno panameño con honores protocolares. Más que como se recibe al socio y al amigo, como se recibe al amo: Su equipo de seguridad secuestra la ciudad, el país y, lo que es peor, las conciencias.

 

El hijo no tiene que cargar con las faltas y los pecados del padre. Pero Bush W. ha seguido sus pasos y superado con sus actos, su desempeño contra la humanidad. Con ello no sólo avala sino que supera a su progenitor. Con la mente alucinada por lo que considera su misión divina, enfatiza y agudiza la política de destrucción y muerte que llevara a cabo su padre.

 

Al recibir a este huésped también se le dio una bofetada a Latinoamérica y a la humanidad. Al aceptar esta visita, más que socios, nos hicimos cómplices del genocidio que se está cometiendo contra Irak y contra el mundo.

 

   

 


                                  

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