a. Historia de un Canal

de Pablo Neruda

 

b. Futuro de un Canal

de Pablo Neruda

 

c. Panamá y otros palenques

de Octavio Paz

 

d. Discurso pronunciado

Fidel Castro Ruz
   



   

PANAMÁ Y OTROS PALENQUES

 Octavio Paz

 

 

Istmo de Panamá: lengua de tierra que une a las dos Américas.

Pequeño Larousse Ilustrado

 

En mi artículo anterior señalé que la evolución del mundo presentaba a las naciones de nuestro continente dos opciones: constituir una comunidad de Estados americanos o proseguir su camino como hasta ahora. Los acontecimientos últimos en Panamá son una viva ilustración de los peligros de la segunda opción. No es fácil comprender la política de los Estados Unidos en nuestro continente. El Presidente Bush y el Secretario Baker, así como otros altos funcionarios del gobierno de Washington, han expresado reiteradamente su deseo de afianzar, estrechar y diversificar sus lazos con México y con los otros países de la zona. Han dicho, con franqueza, que ellos necesitan nuestra colaboración tanto o más que nosotros la suya. Al mismo tiempo, desmienten esa voluntad de colaboración con actos unilaterales como el envío de tropas a Panamá.

 

No podían ignorar que esta acción, realizada sin consultar a ninguno de los Estados americanos, abriría heridas todavía frescas y daría armas a sus enemigos. La furia antiamericana que desató la invasión de Panamá en varios periodistas e intelectuales de nuestro país recuerda la histeria anticomunista en los Estados Unidos durante el período "mcarthysta". Sin embargo, aunque muchas de esas críticas son desmesuradas y desfiguran los hechos, no carecen de razón en el fondo: la invasión fue y es condenable. Ahora bien, si se quiere substituir la gritería por la discusión racional, deben puntualizarse ciertas cosas. Confundir a Noriega con un patriota antiimperialista es grotesco: colaboró con la CÍA y recibió sumas importantes por sus servicios. Estuvo y está complicado con el tráfico de drogas. Fue un cruel dictador militar. Se negó a reconocer la legítima victoria del candidato independiente Endara e impuso por la fuerza un gobierno espurio. No es aventurado prever que sus revelaciones en el proceso que se le sigue destaparán una verdadera cloaca. Es difícil defender a un personaje con estos antecedentes.

 

Los gobiernos latinoamericanos deberían haber sido más enérgicos con Noriega. Quizás así habrían evitado la invasión. Como lo recordó hace unos días el Presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, los paralizó el tabú del principio de no intervención. Un principio se convierte en tabú cuando se aplica mecánicamente. El principio de no intervención se deriva de otro, básico y que es su fundamento: el principio de soberanía, el derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos. En el caso de Panamá, al aplicar indiscriminadamente el principio de no intervención, los gobiernos latinoamericanos pasaron por alto la violación de la soberanía del pueblo panameño cometida por Noriega al imponer por la fuerza a un gobierno ilegítimo. Así, el principio de no intervención, al ignorar la violación de la soberanía, se negó a sí mismo. Cuando hay un conflicto entre dos principios, debe escogerse aquel que es el fundamento del otro. En este caso es el de autodeterminación, expresado en unas elecciones legítimas. El ejemplo de Panamá muestra, una vez más, que es necesario repensar los principios que rigen nuestra política exterior y ordenarlos conforme a una jerarquía que tome en cuenta tanto el interés de la nación como las normas del derecho internacional.

 

Nada de esto justifica la conducta de Washington. La invasión de Panamá fue una acción anacrónica y reprobable. Aunque Noriega es autor de graves delitos, los Estados Unidos no tenían derecho de aprehenderlo en un territorio que no es el suyo. Sobre esto, hay que puntualizar que el Vaticano no le concedió asilo político, como había hecho antes con Endara y con otros líderes de la oposición; se le concedió asilo porque así "se ponía fin al conflicto armado y sin prejuzgar sobre las acusaciones en su contra por delitos de orden común". Los países a los que Noriega pidió asilo, se lo negaron. Se quedó solo y por esto, según parece, decidió entregarse. Ahora lo juzga la justicia norteamericana. Se discute, con razón, la legalidad del juicio. Personalmente, no soy jurista, dudo de su licitud; debería juzgarlo la justicia panameña. Al mismo tiempo, es innegable que, hasta ahora, Noriega ha hecho uso de las garantías que le concede la ley y se ha defendido de sus acusadores con libertad e independencia. Su primer acto ha sido recusar la jurisdicción de la autoridad que lo juzga y, por lo tanto, ha negado la legalidad del proceso. ¿Gozaron de garantías semejantes el general Ochoa y los otros oficiales cubanos, acusados de delitos parecidos (tráfico de drogas), fusilados en la Habana hace unos meses?

 

Lo más asombroso de la intervención norteamericana en Panamá fue la enormidad de los medios empleados y la pequeñez del objetivo. Una operación de policía transformada en una acción de guerra en la que participaron más de veinte mil hombres con aviones, tanques y armas modernas. El costo de la invasión ha sido alto en vidas y en riqueza. Su costo político ha sido aún más elevado: un oleaje de reprobación en América Latina. No en Panamá: si se ha de dar crédito a los noticieros de televisión, la población celebró la caída del dictador con alegres manifestaciones. Tampoco en el resto del mundo ha causado demasiadas lamentaciones este episodio. Pero América Latina es una región de primordial interés para la diplomacia norteamericana. ¿Por qué herirla y despertar viejos sentimientos? Y todo esto en los momentos en que el mundo entero, salvo un puñado de incurables, se regocijaba por la caída de Ceaucescu y elogiaba la inteligente prudencia de Gorbachov. Un capítulo más en el arte de ser impopular, cultivado con tenacidad por los gobiernos de Washington.

 

¿Cómo explicar todo esto? Ya Tocqueville señalaba, hace un siglo y medio, que el punto flaco de la gran democracia norteamericana era la política internacional, sometida a las querellas de los partidos y a la cambiante voluntad de los Presidentes en turno. Por mi parte encuentro, además, una contradicción que aparece en los fundamentos mismos de la sociedad estadounidense: es una democracia y es un imperio. (Véase Tiempo nublado, 1983.) Esta contradicción se manifiesta, por ejemplo, en la oposición entre la Presidencia y el Poder Legislativo, hoy reforzada por la influencia desmesurada de los medios de comunicación. Durante el gobierno de Reagan la oposición de los senadores paralizó su política en Nicaragua y se dio el caso, único en la historia diplomática, de que mientras el Presidente de la nación se negaba a recibir a Daniel Ortega, jefe del gobierno de Nicaragua, el Presidente del Senado lo recibía y lo escuchaba. Hoy la situación ha cambiado: el Senado, la prensa, la televisión y la opinión pública han apoyado la decisión del Presidente Bush. Raro caso de acuerdo. ¿Por qué? Tal vez han visto en la invasión de Panamá, más que una operación militar y política, una misión policiaca. Cualquiera que sea la razón, ha sido un lamentable eclipse del espíritu crítico de la democracia norteamericana.

 

Octavio Paz. Pequeña crónica de grandes días, Fondo de Cultura Económica, 1990

 

   


 

 

 


                                  

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