9 de enero

 

Cronología de la agresión

 

Narración de los sucesos

 

La gestión oficial

 

Iconografía del 9 de enero

 

 

20 de diciembre

 

La invasión de los EEUU a Panamá

de Ricaurte Soler

 

Panamá, 20 de diciembre de 1989 Liberación... o Crimen de guerra?

de Roberto Méndez

 

La invasión de Panamá

de José de Jesús Martínez

(III Al día siguiente)

 

Testimonio: Panamá resiste ataque yanqui, testimonio de Asunción Eliécer Gaitán

 

La invasión de Panamá

Ensayo de Noam Chomsky

 

Resolución de la ONU

 

Bibliografía de la  invasión con portadas

 

Iconografía de la invasión

 

Balance

 

El pacto con la sociedad ¿Por qué no?

de Luis Navas


   

LA GESTIÓN OFICIAL

 

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL EXCELENTÍSIMO SR. MIGUEL J. MORENO JR., EMBAJADOR, REPRESENTANTE DE PANAMÁ EN LA SESIÓN EXTRAORDINARIA DEL CONSEJO DE LA ORGANIZACIÓN DE LOS ESTADOS AMERICANOS CELEBRADA EL 31 DE ENERO DE 1964.

  

Señor Presidente:

 

Séame permitido reiterar ante este honorable Consejo la vocación panamericanista de la República de Panamá y la voluntad de su Gobierno y de su pueblo de contribuir a que la Organización de los Estados Americanos cumpla su misión de salvaguardar la paz en el Continente.

 

Mi Gobierno ha solicitado la convocación del Órgano de Consulta para que este alto organismo internacional conozca de la agresión cometida contra mi país por los Estados Unidos de América; y por otra parte, para que acuerde respecto de esa agresión, las medidas que sean adecuadas y eficaces, con el fin de garantizar la terminación de esos actos y asegurar el mantenimiento de la paz, de conformidad con las cláusulas del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca y de la Carta de la Organización de los Estados Americanos.

 

En concepto del Gobierno y del pueblo de Panamá, esos actos pueden volver a manifestarse mientras subsistan las causas que los motivaron.

 

Debo por ello exponer ante el Consejo los hechos dolorosos que sirven de base a nuestra gestión y la forma en que ocurrieron.

 

Señalaré para empezar un antecedente muy importante: El Comunicado Conjunto del 7 de enero de 1963, contiene el compromiso contraído por las partes de que la bandera panameña sería izada en la Zona del Canal, en todos los sitios en que la administración hiciera ondear la bandera de los Estados Unidos. En el proceso de cumplir con esta obligación, las autoridades de la Zona del Canal adoptaron la política de reducir el número de lugares donde era costumbre izar la bandera de los Estados Unidos. Por ejemplo: entre los sitios suprimidos se encontraba la residencia del Gobernador, el Tribunal Distritorial, la Capitanía del Puerto y los colegios de Balboa, en el sector del Pacífico, y de Cristóbal, en el del Atlántico.

 

Surgió entonces una actitud rebelde en los estudiantes del Colegio de Balboa, cuyos alumnos son en su inmensa mayoría norteamericanos; y desafiando las órdenes dictadas por sus propias autoridades, decidieron izar su bandera frente al edificio de la escuela.

 

La noticia apareció en la prensa y provocó enseguida una reacción adversa en la República. Algunos jóvenes panameños, alumnos del Instituto Nacional que es el plantel principal de enseñanza secundaria en la capital, concibieron la idea de ir a Balboa a izar frente a ese Colegio, el pabellón nacional. En conversación con el Subdirector de la escuela este funcionario les solicitó que no tomasen a mal la actitud de los estudiantes. Los jóvenes panameños aceptaron una proposición de un Capitán de la policía zoneíta en el sentido de que sólo una delegación reducida de ellos, se adelantara a cantar el Himno Nacional de Panamá, mientras el resto, en un grupo de unos 150 a 200 jóvenes eran mantenidos a distancia por la policía de la Zona del Canal. Al acercarse al asta de la bandera, el grupo que representaba a los estudiantes panameños fue recibido con rechiflas y gritos ofensivos. No contentos con esto, los estudiantes zoneítas y sus padres atacaron de hecho a los jóvenes panameños, secundados por agentes de su propia policía.

 

En la refriega el pabellón panameño fue vejado y desgarrado por los norteamericanos. Acto seguido los estudiantes del Instituto Nacional se vieron forzados a regresar al territorio bajo jurisdicción panameña, perseguidos por los civiles y los policías zoneítas.

 

Eran aproximadamente las seis de la tarde. La noticia de lo ocurrido se difundió en la capital y ante el espectáculo de la enseña patria desgarrada y de los jóvenes panameños ultrajados, se congregaron espontáneamente en el límite entre Panamá y la Zona, grupos de ciudadanos que se solidarizaron con los estudiantes y que trataron de entrar en la Zonal del Canal con el único propósito de colocar banderas panameñas en esa faja del territorio nacional. Allí les cerraron el paso con el fuego combinado de la policía y de los civiles norteamericanos. Se produjeron los primeros heridos. La noticia cundió alarmante por toda la ciudad y nuevos grupos se dirigieron desarmados a la Zona del Canal, con el fin de izar allí la bandera panameña y fueron nuevamente agredidos con saña por la policía y los civiles zoneítas armados. Cayeron los primeros muertos y aumentó el número de los heridos. Los panameños fueron obligados a replegarse en los alrededores del Palacio Legislativo y en las calles circunvecinas. Poco a poco, a eso de las ocho de la noche, las fuerzas del ejército de los Estados Unidos de América, acantonadas en la Zona del Canal, entraron en acción con equipo de combate en la avenida limítrofe. El General 0'Meara, Jefe del Comando Surdel Ejército de los Estados Unidos, asumió la responsabilidad del mando supremo en el territorio de la Zona del Canal. El ataque inhumano de un ejército bien armado no quebrantó el patriotismo de los panameños. La población ya enardecida por la agresión brutal e injustificada del poderoso ejército, acudió en nuevos grupos que insistían en entrar a la Zona con banderas panameñas. La acción criminal de los tanques de guerra y de las armas pesadas hizo la situación más desesperada. Las armas de largo alcance disparaban desde la avenida limítrofe segando vidas de panameños congregados a varios cientos de metros de distancia del límite; el fuego cerrado del poderoso ejército hacía casi imposible socorrer a los heridos y transportarlos a los hospitales. A esto hay que agregar la violación flagrante del espacio aéreo panameño por helicópteros y aviones de la Fuerza Aérea norteamericana que volaban a baja altura sobre la capital, contribuyendo así a aumentar la confusión y el desasosiego entre la población.

 

Durante la noche del día 9 de enero y la madrugada y la mañana del día 10 se mantiene prácticamente un estado de guerra entre el ejército de los Estados Unidos y la población civil panameña, que por grupos de miles se acercaban al Palacio Presidencial pidiendo armas.

 

Las ráfagas de ametralladoras y el fuego de fusilería barrían en forma constante el área bajo jurisdicción panameña comprendida entre la Avenida Central y la avenida limítrofe. Las bajas ocurridas entre la noche del día 9 y la mañana del 10, llegan a 17 muertos y más de doscientos heridos, entre ellos un buen número de estudiantes.

 

Los sucesos de Panamá tuvieron su repercusión en la Ciudad de Colón y se iniciaron en esa ciudad del Atlántico graves disturbios cuando se conoció la agresión cometida en la ciudad capital. La población civil se solidarizó con sus hermanos de Panamá y trató de entrar al territorio bajo jurisdicción norteamericana con el propósito de izar allí la enseña patria. La agresión se repitió en el escenario de Colón con la misma saña que en Panamá, por unidades del Ejército de los Estados Unidos con armas de fuego automáticas.

 

El total de víctimas de la agresión ascendió a 21 muertos y más de 300 heridos.

 

A la agresión armada no provocada se suma la agresión económica. Cerraron el tráfico normal del Puente de las Americas cortando así la comunica- ción de las ciudades de Panamá y Colón con las poblaciones del interior de la República, lo que produjo la paralización del tránsito entre los centros urbanos y las regiones agropecuarias con graves daños para la economía nacional. El cierre del Puente de las Américas constituye un acto violatorio del Artículo 6° de la Convención del Canal Istmo de 1903, que reafirma el derecho de Panamá al libre tránsito por las vías públicas que atraviesan la Zona del Canal.

 

Las fuerzas armadas norteamericanas cerraron igualmente el tránsito del llamado "Corredor de Colón", lo que prácticamente impide toda comunicación entre las ciudades de Panamá y Colón. Dicho Corredor se halla bajo la jurisdicción panameña, de conformidad con lo dispuesto en el Artículo 3° de la Con- vención sobre el Corredor de Colón suscrito en 1950. Este acto implica una clara intervención armada de parte de los Estados Unidos en el territorio panameño. El cierre de la Carretera Transístmica, que es la única vía de comunica- ción terrestre entre las dos ciudades, a más de los perjuicios causados a la economía panameña, impidió el envío de plasma sanguíneo y del personal médico que era de urgente necesidad en el sector atlántico para la atención de las víctimas de la agresión norteamericana.

 

Señor Presidente, permítame formular algunas explicaciones adicionales a los hechos que acabo de reseñar. Es necesario que se conozca toda la infamia de que estuvo revestida la agresión.

 

Señor Presidente, este Consejo es el Tribunal que la conciencia de América ha constituido aquí para que el crimen cometido en Panamá contra un pueblo débil e indefenso no quede sin recibir la debida sanción. Por eso quiere Panamá que se conozcan los detalles y toda la saña con que fue cometida. Una agresión, señor Presidente, es un delito internacional que todos los pueblos condenan, pero ese delito es aún más grave si se comete, como en el caso de Panamá, que ha tenido por años en su casa al agresor, que ha sido su amigo y su aliado. El crimen de la agresión ha dejado un saldo trágico de muertos y heridos en Panamá, y me temo que pueda sepultar para siempre la fe en la fraternidad continental. Panamá ha demostrado a través de los 60 años de relaciones con los Estados Unidos por razón del Canal, su buena fe, su lealtad para con el aliado que ocupa esa faja de su territorio que se denomina Zona del Canal. Panamá ha defendido sus derechos respetando siempre el principio superior de la solidaridad continental. Ningún país del mundo, ningún país de América, puede tener mejores pruebas de nuestra lealtad a ese principio, que los Estados Unidos. A pesar de nuestras diferencias en el campo de nuestras relaciones no ha podido señalarse de parte de un panameño un acto de sabotaje en la Zona del Canal. No hemos vacilado nunca en la defensa de nuestros derechos, pero lo hemos hecho dignamente y sin posiciones mezquinas. Ya comprenderá la América entera lo que significa para Panamá que a su conducta de aliado y amigo se le haya correspondido con una agresión sin justificación alguna; que la reclamación de sus derechos haya encontrado como res- puesta la voz de la metralla. Los pueblos de América no pueden dejar de considerar el pago que Panamá ha recibido por su lealtad y por su amistad sincera para los Estados Unidos de América.

 

A jóvenes estudiantes que entran en un territorio que es parte integrante de la República, se les recibe con la metralla y con la muerte. Lo que pudo haberse solucionado como un acto de policía, dio origen a un exagerado despliegue de poderío militar por parte de una Gran Potencia, que hizo alarde de su fuerza ante un pueblo inerme.

 

Y debo insistir en este cuadro, señor Presidente: por un lado un pueblo desarmado, y por el otro un ejército que cuenta con el más poderoso armamento que se conozca. A la metralla, los estudiantes panameños, que no tenían dónde conseguir armas, responden con piedras mientras las balas siembran la muerte a su alrededor. No había provocación, estaban en su Patria, sólo querían ejercer el derecho a que la bandera panameña ondeara en un territorio que es parte integrante de la República.

 

Hay un aspecto de esta trágica situación, señor Presidente, que deseo destacar: el movimiento de los estudiantes panameños no fue preparado, surgió espontáneamente cuando llegó a Panamá la noticia de que los estudiantes del Colegio Superior de Balboa habían izado la bandera americana ante el colegio, con prescindencia de la bandera nacional. Nació una intención pura en el alma de los estudiantes panameños: que la bandera panameña ondeara junto con la norteamericana, porque la Zona es territorio panameño y porque así lo habían acordado los dos Gobiernos el 7 de enero de 1963. Tan espontáneo, tan improvisado es el movimiento, que ni siquiera cuentan con la bandera que han de llevar a la Zona. Se acercan al Rector del Colegio y le piden la bandera del plantel. ¡De cuánta sinceridad y de cuánta dignidad está revestida esta escena! El Rector les entrega el pabellón del colegio y les recomienda que lo cuiden por lo que significa en la tradición gloriosa del Instituto Nacional. Si no hubiera existido una intención noble, los estudiantes le habrían ocultado al Rector sus proyectos. El Rector no ve en esto nada que pueda causar un conflicto. Los estudiantes no pretenden otra cosa que llegar al Colegio Superior de Balboa en actitud pacífica y enarbolar allí, porque tienen derecho, el emblema de la patria y entonar el himno nacional. Pero surge la soberbia de esa población de emigrados que se llaman zoneítas que se cree superior a los panameños oscuros de piel, y que en casa ajena, quieren tener más derechos de los que le han sido concedidos. Y esa soberbia es respaldada por un ejército, con el uso de la fuerza.

 

La agresión armada no fue un acto de irreflexión, ni precipitado, que deba imputarse a la soldadesca irresponsable. Si así hubiera sido no habría llegado a los extremos que he señalado ni habría causado todos los muertos y heridos que causó. Si la policía y los soldados hubieran actuado sin órdenes de sus jefes, la agresión habría cesado por mandato superior, una vez ocurridas las primeras bajas. Pero no fue así. He ahí, señor Presidente, señores del Consejo, la responsabilidad del Gobierno de los Estados Unidos; por las muertes y por los daños causados durante los luctuosos sucesos del 9 y 10 de enero de 1964.

 

Insisto señor Presidente, en que el delito de agresión, que es en sí muy grave, resulta aun más grave en el caso que motiva la denuncia de Panamá, porque se trata de la agresión de la potencia más poderosa del mundo a un país débil y desarmado. Y todavía más; la agresión, no provocada, lleva a la muerte a jóvenes estudiantes indefensos.

 

Todos los países de América conocen la historia de nuestras relaciones con los Estados Unidos de América. Panamá se ha esforzado de buena fe y siempre en forma amistosa, en eliminar las causas de fricción entre nuestros dos países. Su posición ha sido mal interpretada y su buena fe ignorada en forma reiterada. El pueblo de Panamá, paciente y noble, ha esperado sin asumir actitudes violentas a que se le hiciera justicia. Todo esfuerzo ha sido inútil, toda actitud de confianza ha sido burlada, todo acuerdo logrado ha sido incumplido. Es esto, señor Presidente, señores del Consejo, lo que va minando la confianza recíproca entre los gobiernos y los pueblos.

 

Lo que Panamá presenta ante ustedes es la causa de la justicia. Esperamos que el veredicto de América le haga honor a su condición de Continente de la libertad y de la justicia. El Continente Americano es una fuerza de balance en la política internacional; pero para mantener esa condición enaltecedora es necesario que se haga justicia en su propio suelo. La agresión, señor Presidente, no puede ser instituida como medio de silenciar las justas reclamaciones de los pueblos. El pueblo de Panamá ha demostrado que no está dispuesto a resignarse con la injusticia, y que no aceptará que se acalle su voz con el fuego de las metrallas. Para que eso suceda, sería necesario que desapareciera la nación panameña.

 

Señor Presidente, el caso de Panamá es el caso de América. El panamericanismo que tuvo su cuna en Panamá con el Congreso Anfictiónico de Bolívar, no puede perecer con la institución de la fuerza como instrumento de política internacional. A mi país le preocupa que la historia de nuestras relaciones con los Estados Unidos pueda fundarse en la fuerza, que América y el mundo no podrían tolerar. La experiencia dolorosa sufrida por Panamá en los primeros días de enero de 1964 es una advertencia a la Organización de los Estados Americanos. Si a Panamá no se le hace justicia me temo que la fe y la esperanza de nuestros pueblos se derrumbe totalmente con perjuicio para la convivencia pacífica en América. Lo ocurrido en Panamá debe incitar a la convivencia pacífica en América. Lo ocurrido en Panamá debe incitar a la meditación sobre la suerte futura de la solidaridad continental. Si es la fuerza la que va a regir en lo futuro las soluciones de los conflictos que puedan surgir entre nuestros países y los Estados Unidos, habremos sepultado para siempre el sistema jurídico americano, que representa un patrimonio valioso para la comunidad continental. Pensemos que las instituciones del Derecho Internacional Americano constituyen la defensa de la América débil. Su justa aplica- ción en el caso de Panamá ha de robustecerlas.

 

Mi Gobierno ha invocado el Tratado de Asistencia Recíproca que es el instrumento con que América puede preservar la paz en el Continente. Fiel al principio de que el recurso de la fuerza para la solución de las controversias entre los Estados, es contrario al derecho internacional americano, el Tratado de Río señala la obligación de no recurrir a la amenaza ni al uso de la fuerza en sus relaciones internacionales.

 

En contravención al Tratado de Asistencia Recíproca, los Estados Unidos han recurrido en sus relaciones con Panamá al uso de la fuerza armada y han tratado de silenciar con las armas las reclamaciones muy justas de la Nación Panameña. Y la agresión cometida se mantiene latente en el límite que separa a la Zona del Canal del resto de la República. Ahí están las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos en actitud alerta para detener al pueblo de Panamá en el ejercicio de sus derechos. Ese es el mayor peligro, señor Presidente. La agresión no ha cesado; la agresión está latente, y saldrá a la superficie en cuanto los panameños exijan el cumplimiento por parte de los Estados Unidos de las obligaciones contraídas con Panamá, Viviremos bajo la amenaza constante del ataque armado norteamericano. ¿Pueden los países hermanos de América dejar a Panamá abandonada a su propia suerte, a merced de la voluntad de una potencia engreída con su poderío y que ha demostrado que está dispuesta a no reconocer a la nación panameña sus derechos y, lo que es peor, a obligarla a someterse a la injusticia por medio de la fuerza? La agresión, insisto señor Presidente, no ha cesado.

 

Hago, señor Presidente, un llamado solemne a los países hermanos de América para que con la condena de la agresión de que ha sido objeto mi país, salvemos la fe de nuestros pueblos en la eficacia del sistema jurídico interamericano. La causa de Panamá es la causa de América, porque es la causa de la justicia frente a la fuerza y del derecho de los débiles frente a la prepotencia del fuerte. De lo que se resuelva en el caso de Panamá dependerá el futuro de ese principio que todos defendemos de la igualdad soberana de los Estados grandes y pequeños, débiles y poderosos.

 

Y ahora, señor Presidente, se nos va a decir, sin duda, que no hubo tal agresión; que las fuerzas militares de los Estados Unidos actuaron en legítima defensa y que fueron ellos las víctimas de la agresión. Pero nadie en el mundo lo creerá, porque Panamá ni siquiera tiene un ejército; y un país sin ejército no está en capacidad de agredir militarmente a los Estados Unidos ni a ninguna otra potencia, grande o pequeña. No era posible que los estudiantes con piedras recogidas en el momento, al borde del camino, lograran atemorizar a la mayor potencia del mundo, hasta obligarla a tomar medida alguna más allá de las normales de policía, para restablecer el orden público y mantener la tranquilidad social. Pero no hay nada más peligroso que un pueblo chico acorralado, sobre todo cuando ese pueblo es noble y es patriota y cuando su acción está movida por la voluntad heroica de defender sus derechos. En consecuencia, tengo el honor de presentar a este honorable Consejo el proyecto de resolución que me permito hacer llegar al señor Presidente, con el ruego de que ordene su lectura por la Secretaría.

 

   

 


                                  

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