|
OJO DE TIGRE
Pedro Rivera
Esta mujer vive intensamente las noticias familiares
las noticias que sus amigos le transmiten por teléfono
la gota de agua que escapa de los grifos
los ruidos de carcacha de su auto eternamente roto
la pérdida del diente de un sobrino suyo, el asma ajena,
las precipitadas caídas al infierno cotidiano.
Egoísta, impredecible (en eso se parece mucho al mar)
y como el mar hermosamente humana y solitaria.
Alguna vez,
el tiempo nos atrapa a los dos en una esquina de diciembre
azota nuestros rostros hasta congelarnos la sonrisa.
El planeta se llena de negatividad, de desamparo, de noticias tristes.
De pronto el mundo se llena de ruidos extraños:
de aviones, obuses, aves que escalan montañas
(los vecinos señalan con el dedo
al paso de las tropas extranjeras).
La utopía -vino añejado en bodegas crepusculares-
escapa de la botella. (También la bestia del zoológico
rompen los candados que la aherrojan al proyecto humano).
Sin embargo, todo lo comparte conmigo esta mujer, todo,
la carta que nunca escribo, su casa tomada por espejos,
los viajes al fondo de la sangre, a la verdad de anguila,
la que de tanto repetirse se gastó en la almohada.
El día que los pájaros del amor dejan de volar,
y cavan túneles debajo de la tierra
para anidar polluelos de miedo en las tumbas colectivas
está conmigo para compartir
la poca muerte que nos queda por morir.
Compartir los centavos, el miedo al miedo,
la luna de queso en una fonda del camino
la macintosh, el microsoft word y el pagemaker
los marañones licuados con las yemas del dolor.
Esta mujer comparte conmigo hasta el hijo que no tuvimos nunca,
la soledad, la muerte, la guerra de las guerras,
el sonido lejano de aviones y helicópteros
bombardeando las casas de madera,
los paisajes de mi infancia en la bahía,
los sueños amputados con ferocidad imperial
los recuerdos de arena arrastrados por olas de violencia,
la copa de odio derramada en la patria que amo.
A nadie en el mundo amo más que a esta mujer.
Ella es una y todas las mujeres, síntesis
de defectos y virtudes, la suma infinita
de génesis e historia, de beso y argamasa,
la fe que nunca tuve, el miedo que tutela mi honra,
el capítulo final de una novela de misterio
un poema como lluvia o rocío metálico
que tiene ganas de océano y maremoto.
Más que mujer amada: amada compañera.
Mejor que esposa o madre,
o lo que es lo mismo: creadora de diminutos universos
y sueños de nunca nunca, de medievales infortunios
trotando en la cabalgadura de un Quijote elemental.
|