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LA VENDEDORA DE POSTURAS
                                                 

Félix Armando Quirós Tejeira

 

El agua refresca tu piel y ayuda a que ordenes los pensamientos; a que destierres las ganas de llorar y sensación de impotencia que te brindó la tarde.  No deseas hacer planes para un futuro que poco te interesa.  Es mejor nadar y que sea lo que Dios quiera.  Te parece que no pudo ocurrir así, que lo tienes que haber imaginado; pero todavía sientes un gusto amargo en los labios.  Tu soledad es un cántaro de limonada.  Te sumerges.  Sales.  Una y otra vez, hasta que los hechos regresan de golpe.  ¿Qué harás ahora, Imelda?

Tu compañero se había ido a la capital a vender legumbres.  Quiso ganar algo extra para que celebraran la Navidad.  Desde que perdió su trabajo había tenido que hacer cualquier cosa para que ambos subsistieran.  La distancia era una inquietante costumbre entre los dos. 

Te propuso matrimonio en plena crisis económica.  Un año y muchas penurias después decidieron venirse al interior.  Tus padres les ofrecieron un modesto terreno en las afueras del pueblo.  Te gustó desde el principio.  Descubriste un charco donde podías nadar sin que te molestaran.  En ocasiones él te acompañaba.  Sus vecinos preferían otros sitios más hondos.  Todo era agradable.  Él labraba la tierra y tú criabas gallinas.  Una vaca y dos caballos completaban el patrimonio familiar.  Tenían planes para crecer y ya le veías una salida a la situación. 

No habías tenido noticias de Filiberto.  Trataste de comunicarte con tu hermana.  Varias veces.  Durante tres días.  No lo conseguiste.  Pasado mañana sería Navidad y lo único que sabías era que los gringos controlaban la capital y el país.  Habían derrocado al régimen militar e instalado a un nuevo presidente en una de sus bases.  Un pálpito se había apoderado de tu pecho y hacías lo humanamente posible para desarraigarlo.  Habías llorado toda la noche anterior sin que supieras la causa. 

Te levantaste temprano a recoger las posturas.  Las gallinas se habían comportado como unas holgazanas.  Descargaste toda la preocupación acumulada en un estallido verbal.  Mejoraste de ánimo mientras caminabas hacia el mercado, hasta que viste a unos soldados gringos con armamento pesado y el nerviosismo se apoderó de tu cuerpo.  Hiciste un esfuerzo.  Llegaste hasta tu sitio de venta.  Los huevos se acabaron rápido.  La gente había recibido los rumores de la ciudad y acumulaba alimentos.  Era mejor volver a casa para intentar, de nuevo, la comunicación con tu hermana en El Chorrillo.  Te encontraste con unas amigas.  También se habían quedado sin mercancía.  Ofrecieron acompañarse mutuamente en el camino de regreso. 

Cuando cruzaron la plaza, notaron que estaba llena de la soldadesca extranjera y apuraron el paso.  Se habían tomado el pueblo, sin resistencia.  Tres de ellos las pararon.  El más joven te agarró por la muñeca.  No te dio oportunidad de sentir miedo.  Hiciste un movimiento brusco para zafarte. Fue inútil.  La brisa acarició tu rostro y él sonrió, con una blancura nostálgica que despertó tus instintos maternales; a pesar de que no le llevabas más de cinco años.  Él te veía de otro modo. 

Las invitaron, en pésimo castellano, a tomarse una Coca Cola en la tienda del chino.  Apretaste los labios y meneaste la cabeza, denegando.  Tus amigas refunfuñaron.  Los saldados insistieron.  Y ellas: vamos, Imelda, no seas mojigata, no va a pasarnos nada.  Y tú, algo recelosa, seguiste rehusando, hasta que se te ocurrió que podrían tener noticias de la capital.  Está bien, quiero la Coca Cola.  Los gringos, reídos.  El que te llevaba del brazo no te sacaba los ojos de encima. 

¿Qué se habrá creído este tipo?  You´re gorgeous.  ¿Qué es eso?  You´re the most beautiful woman I had ever seen.  No te entiendo nada.  Pero te pusiste amable y él creyó que había ligado.  Unos ojos de mujer logran someter a cualquier espíritu.  Te estuvo sonriendo mientras miraba lascivamente el escote de tu traje.  Anticipaba una grata estadía en el pueblo. 

Lo que más obtuviste, en media hora de charla espánglish, fue un Lieutenant Garfield said it was a piece of cake, we didn´t kill anybody, que no te convenció, y varias propuestas para la tarde.  Las rechazaste de plano.  Sin embargo, no pareció perder la esperanza que representabas para él, más real que cualesquiera de las modelos de Playboy y Penthouse que adornaban su casillero y lo acompañaban de misión en misión.  Declinaste tu opción a ese mundo en favor de tus amigas, tal vez anuentes.  Soltó tu muñeca.  Llegaste hasta donde ellas.  Lograste persuadirlas para que todas se marcharan de una vez.  Bye-bye.  No volteaste a verlos.  Tus compañeras te reclamaron que fueras tan fría con alguien tan simpático.  Sus bromas te sonrojaron. 

Sospechaste que algo andaba mal cuando divisaste al cura; primero fue su acostumbrada gorra roja.  Estaba de pie junto a la cerca frontal de tu terreno.  Tus vecinos lo acompañaban.  No en vano los muchachos del lugar lo apodaban Noneca.  Te tomó de la misma muñeca que el gringo.  Dio varios rodeos para darte la noticia de la muerte de Filiberto.  Supo brindar pocos detalles.  Tu primo Robustiano había sido parco cuando llamó a la casa cural.  Tus dos sobrinos estaban en un campo de refugiados de guerra; tu hermana y tu cuñado, hospitalizados en el Santo Tomás.  ¿Y mi sobrinita?  Que Dios la tenga en su gloria.  Te mordiste los labios.  Fijaste los ojos en el horizonte.  El padre te abrazó.  Resignación, hija mía.  No me diga así, me desespera.  Tienes que resignarte, muchacha.  Pero sentías rabia y la contuviste.  Asco de haberle hablado a uno de ellos.  Aprendiste a odiar en un segundo. 

El sacerdote soltó el abrazo.  Rechazaste otros consuelos.  Aparentabas no sentir nada y les pediste que te dejaran sola.  Se retiraron a sus hogares, algo alejados del tuyo.  Fuiste lentamente hasta tu choza.  Insistías en que no era posible.  No podías aceptarlo.  Apenas unos días atrás caminaban juntos por esa senda.  Esta Navidad va a ser grande, negra.  Por primera vez desde que nos casamos.  El compadre Matías me ha amenazado con regalarme una lechona, para que los invitemos a cenar.  Le he dicho que sabes prepararla como nadie y que no se engañe con tus delicadas manos, son de las más diestras para degollar cerdos.  También lo son para otras cosas, negro.  Tú sabes.  Y sonreíste orgullosa de que se jactara de tus habilidades culinarias.  ¿Me quieres, negro?  Más que a nada en el mundo.  Repítelo.  Mi negrita consentida, te quiero más que a nada en el mundo.  Eres mi razón de vivir.  Yo también te quiero, mi negro.  Seguiste de largo y bajaste hasta el río.  Te sentaste bajo las raíces de un harino.  Perdiste la cuenta del tiempo que permaneciste mirando las aguas: hasta que, siguiendo un impulso, te quitaste la ropa y te zambulliste, como acostumbraban a hacer los dos en tardes calurosas. 

Volviste a la casa y te recogiste el cabello.  Permaneciste un rato parada en el portal, con el pensamiento perdido.  Por alguna razón comenzaste a caminar.  Estuviste más de una hora deambulando por el pueblo, con la cabeza llena de tribulaciones que lograste reprimir.  Te topaste con el gringo de la Coca Cola y él te agarró la muñeca.  Creyó que la suerte se había puesto de su lado; una suerte que ya habían tenido varios de sus compañeros.  Pensaste que Filiberto entendería.  Recorrieron el pueblo tomados de la mano.  Tú no pensabas en nada; él, seguramente, en demasiadas cosas.  Eras una posada en el sendero del peregrino.  Caminabas, junto a él, con la frente en alto. 

Era casi un chiquillo.  No había entrado en combate; pero ansiaba hacerlo.  Te habló de su novia en Ohio y su banda de rock.  Lo escuchaste sin interés.  Intentabas leer secretos en sus ojos.  Tus olores le recordaban la granja donde había nacido.  Veía en tu cuerpo un modo de volver a ésta montado en una potranca briosa.  Apretó tu mano.  Lo miraste.  Permitiste que te besara en el cuello, en la boca.  Te supo a sangre y a mandarina.  Los rumores rompieron la serenidad de la tarde; mas no te importaban ni los rumore ni la tarde.  Continuaron paseando hasta el ocaso. 

Cuando alguna mujer odia, la noche revienta como una ola.  Ya en tu casa, lo invitaste a sentarse en la sala.  Quería entrar en materia; pero lo convenciste de que resultaría de mayor provecho si hacían cada cosa en su debido momento.  Lo dejaste solo, con el pretexto de preparar el lecho.  Buscaste lo que necesitabas entre las pertenencias de tu marido.  No tardaste en hallarlo.  Entonces, lo acomodaste entre el colchón y la cabecera de la cama.  Te aligeraste de ropa.  Soltaste tus cabellos.  Lo escuchabas caminar de un lado para otro.  Are you ready, darling? No, todavía.  Te tragaste una risa nerviosa.  Tus manos cesaron de temblar.  Te levantaste.  Se asomó y sus ojos anhelantes te descubrieron.  Despojaste tu cuerpo de los últimos atuendos. 

No transmitías emociones mientras te le acercabas.  Lo ayudaste a desvestirse poco a poco.  Su mirada delataba que se hallaba dichoso; había llegado a estas tierras para recibir trato de rey.  Aspiraste su olor a potrero.  Hiciste un esfuerzo para sonreírle cuando su sexo rozó tu muslo. 

Fuiste hasta la cama.  You´re driving me crazy.  I´m gonna love you till my skin hurts.  Volteaste la cara e hiciste una mueca.  Se te abalanzó y, tomándote por el talle, te tumbó a la cama.  Mientras él preparaba la invasión de tu cuerpo, tu mano derecha buscaba algo entre el colchón y la cama.  Ambos lograron sus objetivos.  Bastó un movimiento rápido de tu mano para quebrar la pasión.  Sentiste un chorro cálido sobre tu cara, tus hombros, tus senos.  El rubio tuvo una expresión de súbito terror.  Abriste la mano.  Se agarró el cuello; trataba de evitar que se le escapara el alma.  Oíste el ruido seco del puñal contra el suelo.  Su agonía fue breve.  No sentías nada en absoluto.  Sólo se te ocurrió que necesitabas venir hasta el río. 


   

 


                                  

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