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EN UNA SALA DE ESPERA
                                                 

Félix Armando Quirós Tejeira

Alberto llegó a las ocho de la mañana.  Era la primera vez que se presentaba en esa oficina.  No era asunto grave, así que pensó que lo podría solucionar en poco tiempo.  Tomó un tiquete del mostrador, el 9351.  Observó una pantalla a su izquierda.  Indicaba en trazos luminosos rojos el número 02, cliente en atención.  Ante esta perspectiva, dejó escapar un hondo suspiro.  Había escuchado sobre cosas parecidas, por lo que su ánimo no se vio afectado mayormente.  Descubrió un puesto vacío.  Se sentó al lado de un anciano, un hombre tan viejo que los años se le enterraban en los poros. 

-¿Lleva mucho tiempo aquí? 

El hombre sonrió, hizo una mueca, meneó nerviosamente la cabeza y perdió la compostura.  Empezó a lanzar carcajadas sonoramente, contorsionándose con brusquedad.  Era tan flaco que la capa de vellos excedía notablemente el grosor de sus carnes, por lo que Alberto temió que el pobre muriera en el arranque.  No hubo otra persona que le prestara atención.  Finalmente, el señor logró calmarse y prácticamente se petrificó en el asiento.  Alberto no volvió a interrogarlo, por miedo a provocarle un nuevo acceso de risa y permaneció tranquilo durante el resto del día, hasta que a las cinco un funcionario anunció que iban a cerrar y que los que no habían sido atendidos hicieran el favor de regresar al día siguiente, advirtiéndoles que tendrían que tomar nuevos boletos. 

Alberto volvió al día siguiente a las ocho de la mañana.  Tomó un tiquete del mostrador y respiró aliviado al ver el número 4224 marcado en él.  Observó en la pantalla el 01, cliente en atención.  Echó un vistazo al área de espera.  Descubrió el mismo asiento vacío al lado del mismo anciano.  Dio vueltas por aquel enorme espacio repleto de sillas y cuerpos.  No había otro lugar.  Hubiera preferido un puesto diferente; pero no iba a quedarse de pie, así que no le quedó más remedio que sentarse al lado del viejo y desde allí observar las paredes amarillas.  Sin embargo, el anciano se mostró más amistoso y Alberto pudo comprobar que se podía conversar con él si se evitaba el tema del tiempo.  Cuando a las cinco el mismo funcionario de la tarde anterior salió a dar las mismas explicaciones, Alberto tuvo la ocurrencia de que el día había sido menos pesado. 

Con el decurso de los años fue estableciendo un vínculo afectivo con el anciano en ese salón de espera que compartían cada día sentados en los mismos asientos, por lo que una mañana le extrañó que no viniera, preocupación que se vio incrementada cuando la ausencia persistió en el tiempo.  Pensó en lo inevitable.  Sólo la muerte o su cercanía podría haber apartado al anciano de su rutina, hacerlo desistir de sus válidas reclamaciones.  Al llegar a esta conclusión, tuvo algo de pena por el anciano; pero se sintió aliviado.  Lo alejó de la mente y continuó esperando. 

Una mañana se miró en el espejo y se dio cuenta de que la juventud se le había escapado del cuerpo.  Había pasado hacía mucho; pero no lo había notado antes.  Tuvo ganas de acostarse y volverse a dormir; pero lo venció el orgullo.  Sentía la obligación de presentarse; aunque no le resolvieran su asunto.  Jamás desistiría.  Eso era lo que ellos querían.  Sus reclamaciones eran justas y merecían una respuesta.  Llegaría la ocasión en que tendría que acariciarlo la fortuna.  Con esto en mente, o tal vez sin ambición alguna, se presentó a las ocho como todas las mañanas y tomó su número.  Le sonrió al 0753, el más bajo que le había tocado en toda su vida.  A los pocos minutos, entró al lugar un joven elegante y pulcramente vestido, un obvio primerizo.  Alberto lo vio y la compasión afloró desde lo más profundo de su espíritu.  Se recordó a sí mismo llegando una mañana con un asunto que no era grave, que debió resolver de inmediato; pero que se fue complicando con el transcurso del tiempo.  Un asunto que vagamente recordaba.  El joven tomó un tiquete del mostrador, observó la pantalla a su izquierda y dejó escapar un hondo suspiro.  Pobre.  Estaba tan lleno de ilusiones.  El puesto al lado de Alberto se encontraba vacío, por lo que el joven dispuso que lo usaría.  Era el mismo sitio que Alberto solía ocupar hasta que el viejo faltó y, entonces, él decidió cambiarse.  El joven sonrió, todavía estaba en esa época en que se sonríe por cualquiera estupidez.  Ya los años de Alberto empezaban a enterrársele en los poros. 

-¿Lleva mucho tiempo aquí? 

Alberto sonrió, hizo una mueca, meneó nerviosamente la cabeza y perdió la compostura.  Empezó a lanzar carcajadas sonoramente, contorsionándose con brusquedad.  Ya estaba tan flaco que la capa de vellos excedía notablemente el grosor de sus carnes, por lo que el joven temió que Alberto muriera en el arranque.  No hubo otra persona que le prestara atención.  Finalmente, logró calmarse y prácticamente se petrificó en el asiento, pensando que los jóvenes siempre se obsesionan con el tiempo la primera vez que llegan con el fin de hacer un trámite en una oficina pública, cuando el asunto no es tan grave y todo se resuelve a base de paciencia. 

   

 


                                  

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