Poesía

 Narrativa

 Teatro

 Ensayos y Estudios

 Entrevista
 



   

 

 Al pulsar de las bombas

 

Damaris E. Serrano G.

(ABD) Michigan State University

                                                          

A las 00:46 minutos del día 20 de diciembre el sismógrafo de la Universidad de Panamá marcó la primera explosión, y anotó 90 en los siguientes 10 minutos.  Catorce minutos después registró una explosión de 1,7 en la escala de Ritcher a 20 kilómetros de la Universidad (Tocumen). En la siguiente hora [hubo] 55 explosiones más en la misma área.  Además, 3 nuevas explosiones de 1 grado en la Escala Ritcher en el área de San Miguelito.  El aparato dejó de funcionar a las dos de la tarde anotando un total de 417 explosiones de alto poder, cinco de ellas de un enorme poder destructivo.  En 14 horas se lanzó un promedio de una bomba cada 2 minutos (Fernando Martínez, prólogo a El largo día después de la Invasión, de Pedro Rivera, 6).

Según Pedro Rivera, uno de los integrantes del grupo que lideriza la poesía panameña desde la segunda mitad del  siglo XX, las causas coyunturales (que siempre son causas aparentes) [de que un país invada a otro] están vinculas a los intereses políticos inmediatos….  Pero, las causas trascendentes, las que tienen peso, están determinadas por los intereses geopolíticos de las potencias hegemónicas. 

En el momento en que las causas de los políticos domésticos y las causas de las hegemonías mundiales convergen en un punto, se crea el ambiente ideal para llevar a cabo una invasión (“La invasión de 1989 y el Panamá profundo” 1).

         Como en una pesadilla tecnológica donde el videojuego combina la alusión a algún mito antiguo presentado con los efectos digitales, la noche del 20 de diciembre –una noche del adviento navideño de 1989— el machete rendido del general Noriega dejó el paso libre a la tecnología de guerra más sofisticada –mejorada desde Viet-Nam—.  Panamá se convirtió en extendido campo de práctica para el armamento que luego sería empleado en la Guerra del Golfo.  En esa noche:  “…nos arrancaron los manteles / los apretados besos navideños, / los puentes que acercaban las ciudades, / los tamales preñados de sabores…”  (10), como dice la poetisa Gloria Young en:  “Texto libre”, La voz aún no quemada (Antología de la Invasión), 12.).

         En este “vídeo juego”, los líderes del mundo –incluidos los locales—iniciadores de esta guerra de exterminio, no tomaron en cuenta las bajas. Enfrentadas las fuerzas del narcotráfico con las del capitalismo, el pueblo panameño quedó en medio.

         Según la consabida jerga de “para hacer valer la democracia”, el Pentágono terminó con la carrera de ambiciones de Noriega, pero con ello sentenció a muerte a  miles de ciudadanos.   La literatura panameña, a raíz de esa noche, ha ido sumando obras con el tema de la Invasión, en todos los géneros literarios.       

          Los poetas panameños adoptaron diferentes actitudes, desde la burla y la ironía, a la protesta, el dolor o el análisis, con diferentes grados de compenetración o distanciamiento.  Pero el punto fundamental es la importancia que adquiere en este corpus el papel de la memoria histórica, como una forma de rescate de la identidad.  Así lo explica  José Colmeiro:

The crucial double task of historical memory is to maintain a sense of continuity with the past, reaffirming the constant link between past and present, and to reinforce the sense of contiguity within the social group, stregthening the link between individual and group identities.  By framing the lived experience within certain defined time and space coordinates, historical memory provides a sense of temporal and geographic location that situates and anchors the individual within a social group, at the same time that it organizes a chronological  narrative of past events that have formed the group identity (Colmeiro 31). 

         De este modo, las obras que tratan el tema de la Invasión a Panamá son recuentos vivos, testimoniales, que afianzan el sentido de pertenencia a un grupo.

         Al momento mismo del hecho, casi al calor de las bombas y las explosiones, aparecieron poemas como “Otra vez la muerte” de Dimas Lidio Pitty (fechado el 22 de diciembre de 1989)   y se compusieron “Corta canción para invadidos” y “Setenta y dos horas después”, de  José Carr, recogidos en 1993 en: El humo y la ceniza: Antología de la Invasión.  Esta antología contiene obras de  Héctor Collado (“Todo el amor del mundo” –poema—), de Moravia Ochoa López (“No perdono país” –poema— y un fragmento de Juan Garzón se va a la guerra –colección de cuentos— publicado en 1992).

         Otra Antología de la Invasión fue La voz aún no quemada (diciembre de 1990), donde aparecen poemas de Ramón Oviero (editor), Consuelo Tomás y Bertalcia Peralta. La revisión poética de la Invasión está entrelazada con las preocupaciones de la condición humana en general y con la  memoria de la nación.  Es el caso de Bertalicia Peralta en “A veces pienso en los muertos”, Leit-motiv, 33 y Pablo Menacho en: Carta a Edmond Bertrand, 72). Bertalicia Peralta publica, en 1990, un poemario enteramente dedicado al tema:  Invasión U.S.A., 1989:  Crónicas de una memoria.  En este poemario, de gran intensidad lírica, la estructura artística adopta una forma teatral a través del diálogo de una madre y su hija, quienes despiertan en medio de la noche con “luces como fuegos allá enfrente” (“Diálogo 1”, 14).  Tanto “Diálogo 1” como “Diálogo 2” recrean lo que debió ser la experiencia de aquellos a quienes sorprendió la muerte, en la supuesta protección del hogar, de súbito pulverizado por  sofisticadas armas.  Al principio, la sorpresa parece ser la impresión luminosa de los juegos artificiales.  La voz poética juega con el lector:

         Madre:  Despierta hija

                       Veo luces como fuegos allá enfrente

 

         Hija:      Son luces de neón de los anuncios

                       comerciales

                       Nada nuevo madre

 

         Madre: Es algo más que eso

                      Producen un ruido ensordecedor

                      Parecen sobre la bahía

                      Destellos de los ojos de Dios

                      Despierta ven es ¡grandioso!

 

     Presenciamos cómo el sopor del sueño, del que no quiere salir del reposo (“Nada nuevo madre”) es quebrado súbitamente por el dolor:

 

     Hija:         ¡Ay!  ¡No puedo madre!

                     ¡Ya no tengo piernas!

                     Las luces que tú escuchas

                     Han matado mis piernas

                     Matarán también mi vientre

                     Pecho garganta ojos

                     Corazón y cabeza / ¡Ay!

                     Matarán mi voz madre

                     ¡Me han matado!

 

         La desintegración cubista de la frase recoge la  angustiosa muerte.  De allí se pasa abruptamente a la actitud de aparente aceptación de la madre, quien acuna a la hija como si esta hubiera vuelto a su seno:

 

     Madre:    ¡Shhh!

                     Duerme hija la muerte

                     Llegó encendida desde el cielo

                     No me gusta la muerte

 

     En el “Diálogo 2”, el cuerpo de la hija es una ofrenda, “un zumbido dulce de caracolas” (hija), sin embargo “ocupado hoy por / rudas muertes nuevas” (madre).  La muerte de la hija es análoga a la patria y su muerte:

 

         Hija:             Mi patria madre es todo

                     Este dolor de ofensa

                     Que me inunda ¡vela!

                     Que ya me escupen vida

                     Los huesos que mataron

                     Este día

                          

         La voz poética equipara la figura femenina con la capacidad de regeneración de la Tierra.  El poema culmina con un canto de esperanza, donde la palabra representa la resurrección, no del cuerpo, sino de los ideales.  Se deriva de aquí la conciencia de que solo por la palabra conjunta, fuerza generadora  representada en el coro, el panameño puede catalizar el dolor y enfrentar de nuevo la vida:

     Hija:        Resucito madre en cada

                     Palabra que me cubre

                     Tierra a tierra / ¡resucito!

     Coro:      ¡Aquí de vuelta

                     Estamos

                     De frente al sol

                     De frente

                     Arracimadas

                     …

 

                   (Invasión U.S.A., 1989:  Crónicas de una memoria, 14, 17).

                                                        

         La Revista Cultural Lotería,  en edición especial No.399 (oct.-nov. 1994): 333-413, editada por otro poeta, Aristides Martínez Ortega,  presentó la compilación llamada La voz de los poetas y novelistas panameños.  Esta obra contiene textos de Pedro Rivera (“Ojo de tigre”), Héctor Collado (“Exhumaciones”) y Dimas Lidio Pitty (“Nuevamente la muerte”)  —poema que luego sería traducido al inglés por Martin Roberts, con el título de Death Springs Anew. 

         En 1992 la Editorial Búho publica en República Dominicana Motivos generales, libro de poemas –en su mayoría de Consuelo Tomás, aunque recoge “Todo el amor del mundo“, de Héctor Collado (tomado de: En casa de la madre, Premio Miró en poesía 1990).  Tanto en este como en los demás libros, se recogen testimonios y fragmentos de ensayos, lo cual demuestra cómo el tema fue tratado desde planos muy distintos de la sociedad panameña.  El prólogo de Motivos generales (1992) no tiene títulos en la portada porque “[e]lla está muda de palabras.  Tan solo tiene la imagen de los hechos“ (Tomás, Motivos generales  1).  Este libro pareciera ser la fase final de un ciclo, la comprobación de un proceso que anunciaba ya en Las preguntas indeseables (1985) porque “la poesía suele ser premonitoria”.  En aquel libro de 1985 Consuelo denunciaba el problema de recuperar la memoria histórica; en este de 1992, reitera la necesidad legar esta memoria a las nuevas generaciones.

         La crónica y el testimonio, como géneros, están plasmados principalmente en dos libros claves para entender el contexto situacional del hecho:  El libro de la invasión, de Pedro Rivera y Fernando Martínez, (prólogo de Elena Poniatowkska. México D.F.:  Fondo de Cultura Económica, 1998.  355 pags.) y  El largo día después de la invasión, de Pedro Rivera, (prólogo de Fernando Martínez, Panamá: Formato Dieciséis, 2000.  152 págs.).  Además, José Carr, editor y responsable del suplemento Tragaluz, del periódico El Universal, dedicó varios números a la reflexión de la memoria histórica sobre la Invasión; por ejemplo, “Prohibido olvidar”  (No. 74, 19 de diciembre de 1999) y  “Examinando una lección aún abierta” (No. 179, 16 de dic.de 2000).

        

         En la literatura panameña que se refiere a las reivindicaciones históricas, los estudiantes aparecen, frecuentemente,  como los actores que defienden los ideales y ponen el pecho por ellos. Con la poética inicial de Pedro Rivera vimos cómo los objetos del ámbito escolar (cuadernos, pupitres, lápices, letras) formaban el espacio de concienciación de la escuela, forja moral del ciudadano. Y ahora con la Invasión, Héctor Collado retoma el símbolo de la camisa manchada de sangre, pensando en la población  entera:

                   A los heridos

                   ¡Oh muerte tumefacta!

                   hazles florecer el muñón. La cicatriz.

                   Devuélvele el paisaje

                   que le nace en la camisa.

 

                   (Entre mártires y poetas, edición 2000, 14).

         

         En este corpus existe también una línea temática constante de amor y guerra.  El espacio íntimo y el de la historia se conjugan en un momento que se cree será el preámbulo de la muerte. Desde el inicio y a lo largo del desarrollo del proyecto nacional la poesía habla de la compenetración con esa Amada que ha compartido los ideales de lucha (Ramón Oviero en  Contrapartida  1974 y Pedro Rivera en “Encuentro con la Amada, un poema de Despedida del hombre, 1960). 

         Ahora, en esta poética de la Invasión a Panamá,  la voz  comprometida propone un recuento de la vida cotidiana en el momento mismo en que la angustia del mundo pareciera concentrarse en el espacio del hogar compartido.  En una técnica exteriorista, el poema “Ojo de Tigre”, de Pedro Rivera, trae al texto el testimonio de los que han estado al borde de la muerte y dicen haber visto toda su vida en un segundo.  Todo el amor fundido en el miedo –que de angustioso puede llegar a ser pausadamente racional—se vierte en ese poema:

Sin embargo, todo lo comparte conmigo esta mujer, todo.

Compartir los centavos, el miedo al miedo.

la luna de queso en una fonda del camino

la macintosh, el microsoft word y el pagemaker

el sonido lejano de aviones y helicópteros

bombardeando las casas de madera,

los paisajes de mi infancia en la bahía,

los sueños amputados con ferocidad imperial

los recuerdos de arena arrastrados por las olas de violencia,

la copa de odio derramada en la patria que amo.

 

(La voz de los poetas y novelistas panameños, INAC, 1984).

          Es como si el mismo niño protagonista de los cuentos de  Las huellas de mis pasos fragmentara su corazón entre el imaginario del barrio de El Chorrillo, en ese momento presa de las bombas, y el de los edificios de la ciudad, vulnerable y testigo de una guerra sin contrincantes:  “el sonido lejano de aviones y helicópteros / bombardeando las casas de madera, / los paisajes de mi infancia en la bahía” (ibid).

         Así mismo, Dimas Lidio Pitty muestra cómo el poeta panameño fluctúa entre esa historia personal comprometida y la  trayectoria de América Latina, presa de un patrón repetitivo de invasiones militares que han sembrado la muerte. “Nuevamente la muerte” muestra la violencia que se cierne contra el mundo a una escala cada vez mayor: 

 

 Nuevamente la muerte está en mi casa

Con fusiles y tanques

                                      nuevamente

Sus manos pálidas

sus ojos turbios

ensucian lo que tocan o miran

Sus pies de hierro

abren cráteres en las calles

y la noche tiembla y se incendia

Los niños mueren gritando

los ancianos en silencio

las mujeres en el punto

donde la ternura se detiene

El cielo es como un fango ahora

el mar no es azul

y la vida es una pústula en el alba

en el día

en la larga noche de las bombas.             

¿Quién cae

quién llora maldice y se levanta

aferrado a su patria

a su ciudad

al humo

a la sangre

a las ganas de vivir para arrebatarle a la muerte otra victoria?

Las tierras de México

de Cuba

de Nicaragua

de Haití

de Dominicana

y de Granada han sabido de esto

Y en la mía no se borra el pasado

ni el presente ni el futuro

Un tiempo y otro están allí

una piel y otra están allí

una  mano y otra están allí

en el centro de América

en mi casa

 

          Sin embargo, con un signo de combativa esperanza, característico de la poesía panameña, la voz poética emplaza al interlocutor a “aferrarse a su patria […] para arrebatarle a la muerte otra victoria.   El amor a la patria, a la humanidad, triunfa, pese a todo:  “en mi casa / donde la muerte no puede contra la vida”.

         Antes y después de la Invasión, y debido al bloqueo económico y congelamiento de los dineros, así como el cese de pagos por parte de empresas estadounidenses al Estado panameño, desde finales de 1987, muchos panameños emigraron, no solo por razones económicas, sino también por la persecución de los militares. En el diálogo que se establece entre los textos, Consuelo Tomás da respuesta a ese “¿quién llora maldice y se levanta / aferrado a su patria?” del poema de Dimas Lidio Pitty. En el poema “A respuesta de parte interesada” (en Motivos generales), el sujeto lírico adopta una actitud de resistencia a través de la cual trata de recuperar la patria que fuera solo un experimento para la ferocidad neoliberal del imperio del Norte, y exclama por los comprometidos: “¿Irme? / dar la espalda a esta sentencia cruel / donde convergen todos los abismos / Volverme una razón de pasaporte y tránsito /…Ignorar el dolor de los que quedan / su rastro de tristezas levantado / como una voz que precisa acompañarse. …”  (17).  En este poemario hay un espíritu de recuperación que trata de reconstruir las razones de la existencia, entre estas, la fuerza del amor:  “aquí empieza otra jornada de amor en sobresalto / aquí me quedo con la magia y el encono / a recoger las flores caídas al asfalto / a preparar el milagro de tu vuelta aquí me quedo” (17).    

         Hoy, la incertidumbre del futuro por la omnipresencia del  “tiburón” se traduce en otras formas de ocupar la patria, como la del neoliberalismo y el capitalismo del consumo.  En “La desazón de un siglo”, Carta a Edmond Bertrand (2000), de Pablo Menacho, la conciencia poética atisba el hecho con desconfianza, desde este ángulo del tiempo:        

                   Pero se fue

                   –según cuentan las crónicas de estos días

                   aún  aciagos—

                   entre la sombras de la víspera

                   en una noche de diciembre,

diez años después de abalanzarse

sobre la oscuridad que atenuaban

las luces navideñas,

sembrando blandas cruces

en nuestros cementerios,

aguardando aún que nuestras mujeres

–dispuestas y anhelantes—

calmaran sus urgencias más primarias.

 

( 72, énfasis añadido).

 

         Para esta voz que analiza la historia en retrospectiva, no hay certidumbre de que la patria haya dejado de ser una pieza estratégica en los intereses de las potencias mundiales.  En general, en el plano literario, el consenso de las voces  poéticas es  “Prohibido olvidar”.  En “Perspectivas de la literatura sobre el enclave colonial panameño” (Tragaluz, No. 74.  El Universal de Panamá  dic. 1999) José A. Carr afirma: 

… la  “desaparición”, cancelación o extinción de un tema que ha sido central en la construcción de la identidad de la nación panameña, del ser y el espíritu nacional panameños, y al que todavía le faltan desarrollos que solo aparecen insinuados en el proceso narrativo, dramático y de poetización panameño” no es posible. [En parte porque] no hay literatura fuera de la historia y ella misma es parte de la historia (17-8).

 

Desde el ensayo, tanto Pedro Rivera (en “Invasión 1989 y país profundo”) y José Carr han demostrado cómo en el recuento de la historia –también construcción cultural— ha habido  tergiversaciones y ocultamientos. Pese a ello, la versión oficial no ha podido desvirtuar “el triunfo de aquellos que desde las bases sociales más humildes y esclarecidas, pasando por encima de la politiquería y desvergüenza de muchos seudodirigentes y oportunistas, fueron sembrando la semilla de la confianza y la fe en el triunfo final de la causa histórica nacional panameña…” (Carr, “La invasión de 1989:  herida, trauma y vergüenza” , 4).

 

         En la corriente del ensayo, de gran agudeza histórica y de revisión de lo que ha sido la gesta panameña, persiste la visión de Panamá como la patria herida a la que, pese a todo, no han podido rendir.  Un rasgo que sobresale es el uso simultáneo de los vocablos “país” (para referirse al territorio vulnerado en sus derechos políticos y manipulado por los intereses hegemónicos, en el plano internacional) y “patria”, para aludir al espacio emocional al que están  conectados, por sangre, los hijos de este suelo: 

Caminamos sin entender del todo y no hablamos de ese capítulo doloroso de nuestra historia de finales del siglo XX, porque hay mucha vergüenza y trauma en algunos y mucho cálculo en otros para promover el olvido, carta con la que calculan el triunfo sobre el país descuartizado, birlado, traicionado, burlado mil veces, embrutecido con mentiras y promesas que no se han honrado ni se pretende honrar y que, a pesar de todo, no se doblega y avanza a tumbos hacia la meta que nos marcaron los que con sangre y sacrificio callado, por generaciones, han fundado esta patria y apuntalándola para que nunca muera, a pesar de todo y contra los que la prefieren muerta y ajena.  (“La invasión de 1989:  herida, trauma y vergüenza” 4, énfasis añadido).

El idealismo moral que alienta en la literatura panameña en torno a la Invasión es una savia permanente que ayuda a comprender los procesos de la historia y a volver a ellos, para entenderlos.  Las constantes en temas y tratamiento de la provienen de esa necesidad de expresión de la nacionalidad que aglutina a escritores de diferentes momentos.

         Hoy, sigue vigente el mensaje de un joven poeta que en 1965 vislumbró lo que sería la lucha generacional de los panameños:

                   Era un pueblo sin brújula

                   ni estrella

                   Un pueblo de pequeños hombres

de pequeñas casas

de pequeños ríos

y horas

y madres

y cosechas mínimas

 

Está escrito

                   Era débil

                   de pequeña vida

                   y  cielo pequeño

                   Era un pueblo diminuto

pero sus héroes más grandes que el olvido.

 

(Dimas Lidio Pitty, “Cuento” en: Poesía joven de Panamá, 61).

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 

Anderson, Perry.  “La batalla de ideas en la construcción de alternativas”. Memoria:  Revista Mensual de Política y  Cultura  Número 180.   Febrero.  2004.  13 de marzo de 2004 < http://www.memoria.com.mx/180/anderson.htm#arriba>

Collado, Héctor.  Entre mártires y poetas. Panamá, Editorial Portobelo, 2000.

Colmeiro, José.  “Canciones con historia:  Cultural identity, historical memory, and popular songs”.  Journal of Spanish Cultural Studies 4 (2003):  31-46.

Fanon, Franz.  Los condenados de la tierra.  Trad. por:  François Maspero.  México, D.F.:  Fondo de Cultura Económica, 1963.  

Martínez Ortega, Aristides, Ed. ---.  La voz de los poetas y novelistas panameños

Panamá:  Lotería Nacional de Beneficencia. Revista Cultural Lotería. No.399 (Oct.-Nov. 1994). 333-413.

 

Menacho, Pablo.  Carta a Edmond Bertrand. Panamá: Universidad Tecnológica de Panamá, 2004.  78.

 

Peralta, Bertalicia.   Invasión U.S.A., 1989: crónica de una memoria.  Panamá: Ediciones Hamaca, 1990.   20.

 

Tomás, Consuelo. Motivos generales.  Panamá: CELA, 1992.   35.

 

Young, Gloria.  “Texto libre”, La voz aún no quemada (Antología de la Invasión), 12.

 

Yúdice, George. On edge:  the crisis of contemporary Latin American culture.  George Yúdice, Juan Flores y Jean Franco, Ed., Minneapolis:  University of Minnesota Press, 1992.  234.

* Damaris Serrano Guerra

Panameña. Licenciada por la Universidad de Panamá en Español. Posee Maestría en Literatura Panameña por la misma universidad y Doctorado en Literatura Comparada por la Universidad del Estado de Michigan. Actualmente investiga e imparte clases de literatura en universidades de Estados Unidos de América.   

Según explica Fernando Martínez, en el prólogo a El largo día después de la Invasión [Pedro Rivera.  Panamá:  Formato Dieciséis, 2000, 152 p.], “[l]a tecnología más sofisticada se puso a prueba en la Invasión a Panamá.  Se recomendó que el avión Stealth F-117, llamado bombardeo invisible o fantasma, porque no es percibido por ningún sistema de detección”, por haber fallado el blanco hasta cincuenta yardas, “no se utilizara en la operación Tormenta del desierto”. Pero se trajo a la base militar de Howard como un secreto militar.  También se emplearon los helicópteros Cobra y Apache  (que venían siendo mejorados desde la guerra de Vietnam), así como “armas de rayos láser” que ocasionaron que –por ejemplo—el interior de las instalaciones de Radio Nacional quedara pulverizado y que los objetos se derritieran como mantequilla, mientras que en el exterior solo quedó un rastro de ceniza.  Utilizaron el “Hellfire Missile” que hace que las estructuras implosionen y el carro de asalto Hommer y el avión AC-130 –“diseñado para atacar objetivos guerrilleros en Vietnam, mejorado—capaz de promediar 3,000 disparos por minuto.  Todo este armamento –nuevo o mejorado-- tuvo su participación <<en una guerra de verdad>> en la invasión a Panamá” (cita parafraseada 6-7).

Según explica Fernando Martínez, en el prólogo a El largo día después de la Invasión [Pedro Rivera.  Panamá:  Formato Dieciséis, 2000, 152 p.], “[l]a tecnología más sofisticada se puso a prueba en la Invasión a Panamá.  Se recomendó que el avión Stealth F-117, llamado bombardeo invisible o fantasma, porque no es percibido por ningún si

stema de detección”, por haber fallado el blanco hasta cincuenta yardas, “no se utilizara en la operación Tormenta del desierto”. Pero se trajo a la base militar de Howard como un secreto militar.  También se emplearon los helicópteros Cobra y Apache  (que venían siendo mejorados desde la guerra de Vietnam), así como “armas de rayos láser” que ocasionaron que –por ejemplo—el interior de las instalaciones de Radio Nacional quedara pulverizado y que los objetos se derritieran como mantequilla, mientras que en el exterior solo quedó un rastro de ceniza.  Utilizaron el “Hellfire Missile” que hace que las estructuras implosionen y el carro de asalto Hommer y el avión AC-130 –“diseñado para atacar objetivos guerrilleros en Vietnam, mejorado—capaz de promediar 3,000 disparos por minuto.  Todo este armamento –nuevo o mejorado-- tuvo su participación <<en una guerra de verdad>> en la invasión a Panamá” (cita parafraseada 6-7).


   

 


                                  

Literatura - Plástica - Cine y TV - Música y Artes Escénicas - Memorabilia - Nuestra América - La otra España - Reseña y Opinión - Actualidad

 

 

TRAGALUZ PANAMÁ es el esfuerzo de un Equipo Responsable, coordinado por JOSÉ CARR M.


TRAGALUZ PANAMÁ aspira a informar, formar y ¿por qué no? a constituirse en un instrumento del cambio

desde la educación, la comunicación y el campo de la cultura.    


TRAGALUZ PANAMÁ es una apuesta por el futuro, desde el presente que ya están cambiando nuestros pueblos, y una mirada crítica de rescate y valoración de nuestro pasado.


TRAGALUZ PANAMÁ es una abierta adhesión de amor a nuestros valores como comunidades nacionales y

un acto de fe en la permanencia de nuestros pueblos.

 

 

Copyright, 2006, Agustín Gonçalves