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9 DE ENERO DE 1964:
LOS SÍMBOLOS DE LA MEMORIA HISTÓRICA

Damaris E. Serrano G.
(ABD) Michigan State University
"Enero
fue una lágrima
pero sobre todo una descomunal manía
de amarte."
(Manuel Orestes Nieto, Panamá en la memoria de los mares “17”, 27).
En muchos sentidos, una parte del corpus de la literatura panameña es la respuesta vivencial al cuestionamiento de la soberanía nacional. Como indica Perry Anderson (en: “La batalla de ideas en la construcción de alternativas”), durante el período de la Guerra Fría, una de las constantes fue la ola de movimientos de liberación nacional, propiciada por la “competencia diplomática y política entre Oriente y Occidente en el Tercer Mundo”.
Y en 1964 en Panamá, el poder hegemónico a nivel mundial aún no había comenzado a esgrimir abiertamente –como lo hace hoy—la tesis de que la soberanía nacional es un ‘fetiche’ que puede violarse “con el fin de llevar libertad a los pueblos ‘no-democráticos’ [y defender] los derechos humanos […] en esta época de globalización” (Anderson). Es decir, aún no se había puesto en práctica esa nueva ‘ley de los pueblos’ que, según John Rawls legitima la intervención militar en estados jurídicamente soberanos.
La Soberanía Nacional, concepto reconocido en la Carta de las Naciones Unidas, había sido violada reiteradamente por los Estados Unidos, desde que el 2 de Mayo de 1958 la Federación de Estudiantes de Panamá, organizara la “Operación Soberanía” que consistía en colocar banderas panameñas en la Zona del Canal, especialmente frente al “Administration Building”. Los estudiantes habían enviado un pliego de peticiones al presidente Ernesto de la Guardia Jr. para que denunciara ante “la conciencia universal” la estafa de la que había sido objeto Panamá, cuando la potencia consiguió los derechos “a perpetuidad” para construir el Canal, previos manejos entre Phillip Buneau Varilla –representante de la arruinada compañía del Canal Francés—y el Gobierno de los Estados Unidos, a través de su secretario de Estado, John Hay (1838-1905).
El 9 de Enero de 1964 fue un corolario de estas luchas. Ese día los estudiantes del Instituto Nacional, quisieron hacer valer el acuerdo al que finalmente habían llegado los gobiernos de Panamá y Los Estados Unidos el 7 de enero de 1963, en donde se estipulaba que se izaría “la bandera panameña en todos los sitios de la Zona del Canal en donde se hiciera lo mismo con el pabellón estadounidense” (Pizzurno y Araúz 464). Esto no se cumplió, antes bien, “removieron varias astas donde se izaba la bandera norteamericana a fin de que la enseña de Panamá no fuese enarbolada” (464). En consecuencia, un año después, unos 200 estudiantes del Instituto Nacional, portando la bandera panameña se encaminaron pacíficamente a la Escuela Superior de Balboa (Balboa High School) con el propósito de que se acatara el convenio. Fueron provocados y atacados por los estudiantes y padres de familia de dicha escuela. El conflicto degeneró en violencia y muerte cuando los estudiantes panameños desarmados fueron reprimidos con las armas del Ejército de los Estados Unidos. Estos enfrentamientos dejaron un saldo de muchos muertos de todas las edades (desde infantes de 3 años, como lo prueba la documentación de la época y lo testimonia la literatura). La situación humillante e injusta llevó al gobierno del presidente Roberto F. Chiari a romper relaciones con los Estados Unidos. Múltiples obras de la literatura panameña conmemoran los hechos del 9 de Enero.
“Enero fue una lágrima…”
La literatura panameña atestigua cómo la nación ha sido presa del destino trazado por la imposición de esquemas políticos foráneos y por la explotación de sus recursos debido a su situación geográfica. En la poesía panameña, algunos vocablos son símbolos polivalentes que representan el dolor recurrente de las generaciones de istmeños ante la injusticia social y la lucha por la soberanía.. Así, lágrimas, sangre, balas y muertos constituyen un campo semántico que recrea las múltiples aristas de esa lucha.
El simbolismo de la sangre se ha correlacionado directamente con los héroes populares ajusticiados por los gobiernos que respondían a intereses económicos capitalistas, en detrimento de la lucha por consolidar el proyecto nacional. El poemario de José A. Carr, Estación de la sangre (Premio Miró en Poesía, 1995) funde, en un solo ‘tempo’ estético varios hechos de la historia. Primero, alude al momento en que liberales y conservadores acordaron poner el Istmo a disposición de los Estados Unidos, mediante el tratado de Wisconsin. Segundo, la voz poética alude a la historia contemporánea del Estado panameño, cuando el gobierno militar –en connubio con la hegemonía global— propició el negocio del narcotráfico en el territorio, como una empresa también global. Al confrontar las dos coyunturas históricas en en juicio del General Lorenzo, el hablante lírico pone de relieve cómo, en dos ocasiones tan distintas, se cede el territorio de la nación y cuán diferente es la actitud de la figura del general, en cada caso.
Te repito: Lorenzo no vendía cocaína ni traficaba con la sangre de su pueblo.
(Estación de la sangre, “Quinto” , 26, énfasis).
Y muchas copas de sangre levantadas brindaron su Wisconsin de ganancias.
( “Sexto”, 26, énfasis).
Los textos poéticos que utilizan estos símbolos aluden al sacrificio del pueblo y sus líderes, porque, al reclamar el respeto a la honra y soberanía, regaron con sangre el suelo de la patria. El fusilamiento de Victoriano Lorenzo en 1902 es un hito que precede a lo que sucedió el 9 de Enero de 1964. Esta muerte marcó el camino hacia una real independencia y prenunció el clima de idealismo moral que prevalecería en 1964. El narrador lírico lo consigna y emplaza a las generaciones:
pero hoy estoy aquí para decirle
a las generaciones que han llegado
que con este gesto de héroe atravesado
por las cinco descargas de la muerte
se inicia nuestra verdadera historia
de pueblo que sacude su pasado...
Que no se olvide alguno
que la patria sobre sus pies camina
y sobre su mansa sangre se levanta.
(Epitafio, 45-6)
Y las generaciones de panameños pagaron el precio. Según consignan Pizzurno y Araúz, la delegación de panameños “fue insultada, golpeada y obligada a retroceder y la bandera panameña fue destrozada por un policía norteamericano…fueron rechazados por policías y algunos civiles con revólveres y escopetas”…. A las primeras horas de la noche del 9 de Enero había más de 100 heridos y seis muertos y hacia el 11 de enero, había 21 muertos y más de 400 heridos. Bertalicia Peralta vierte el hecho histórico en una larga “Elegía” en el libro Dos poemas (escrito en 1964, tras los hechos del 9 y 10 de Enero):
Allí, en la cinta de agua que te parte
las entrañas, Patria, se descubrieron ante ti, todos tus hijos muertos.
Esos muertos que abrieron los ojos espantados
Y cayeron con los labios abiertos
Porque aún no acababan de gritar tu nombre.
(4, énfasis).
Desde entonces, se acuña en el lenguaje panameño un nuevo nombre: el de “Avenida de los mártires” para ese campo de exterminio. Las tropas de ocupación traspasaron los límites de la jurisdicción de la República y lanzaron ráfagas de artillería más allá de la calle limítrofe, llamada hasta ese entonces “4 de Julio”, ocupando, al mismo tiempo, territorio panameño en la Ciudad de Colón, en la costa atlántica, fuertemente armados y con máscaras antigás:
No significan los Tratados solapados.
Ni las Alianzas de Progreso, ni de ninguna especie.
Patria que te desangras por tus cuatro costados.
Porque tus Leyes tienen huella de metralla
Y te ha nacido hoy una Avenida de los Mártires.
(Dos Poemas, 5).
La literatura panameña también explora las actitudes y las poses de los que se vieron enfrentados a esa coyuntura histórica. Es entonces cuando se reconoce la madera de verdadero héroe. En el cuento “Muerto en Enero” (Puros cuentos, 1988), Bertalicia Peralta revela, a través del personaje del intelectual-dirigente, lo que significa el verdadero sacrificio, al tiempo que desarticula las poses falseadas de los que se dicen comprometidos con una causa: “Mi contacto había sido con dirigentes obreros, que trabajan, pero en otra cosa….conocían libros de teoría marxista y la historia de las revoluciones y todos usábamos ropa de moda y era todo un affair andar con ellos y sentirse uno en la cosa también…” (17). La voz narrativa deconstruye poco a poco los mecanismos que se tejen entre la clase hegemónica y el dirigente, y lo separan del obrero, el campesino y la base. Franz Fanon, en Los condenados de la tierra había explicado el peligro de este reclutamiento del dirigente por la burguesía colonialista. También había señalado cómo la masa (el grueso del grupo obrero o campesino) va en pos de la liberación, sin reparos (59-65). Su dirigente muchas veces no conoce a esa masa, y no la entiende. Luego este dirigente, en medio del peligro, experimenta el asombro de saberse ajeno a ellos, a los que representa.
En el cuento habla la voz de un dirigente, de esos que estudian las ideologías, pero no las practican mucho en la calle: “Yo nunca había estado con obreros, es decir, con obreros de verdad, de esos que trabajan y están sudados y tienen mal olor y la dentadura toda dañada y los pelos hasta los ojos, y un vocabulario nada prudente, precisamente” (17). Pero ese 9 de Enero se convierte en el día histórico cuando unos y otros deben comprobar la autenticidad moral de sus principios. En medio de las balas extranjeras que daban en los cuerpos de estudiantes y trabajadores, este dirigente es conducido por el obrero: “…y el tipo me agarró y me levantó en vilo y gritó muévete que te dan, seguimos corriendo ahora los dos unidos con la otra gente…y no me despegué más de él, sentía que me protegía como un árbol…” (17).
Además, la voz narrativa pone en evidencia la injusticia de los manejos diplomáticos de los Estados Unidos, que, desde aquel tres de noviembre de 1959 (un previo intento de siembra de banderas) y luego, en este 9 de Enero de 1964, llegó a quejarse de que los panameños habían ultrajado la bandera estadounidense, sin reconocer, en el plano diplomático, que antes lo habían hecho ellos, y que los soldados habían reprimido con balas una caminata pacífica para sembrar banderas panameñas.
La tensión narrativa va confrontando paralelamente el testimonio y la historia, la literatura y la realidad. Se va erigiendo la imagen del heroísmo esencial del obrero, en medio de la confrontación callejera. Con trazos cinemáticos, el narrador introduce uno de los rasgos textuales que muestran la desigualdad de fuerzas entre el ejército y el pueblo: la piedra, porque fue con piedras como los estudiantes y obreros respondieron a las balas: “…él tenía unas manos como guantes de beisbol, le cabían muchas piedras juntas en las manos y cuando las soltaba salían disparadas como una lluvia, reventaban vidrieras, hacían bulla, nada más, todos hacíamos lo mismo…la gente gritaba y yo no sé por qué coño los gringos hijoeputas…tiraban balas como con regadera…” (18).
En el 59, el Canciller panameño Miguel J. Moreno había elevado “la protesta por el despliegue inesperado e innecesario de las fuerzas militares estadounidenses que no sólo dispararon perdigones, sino también balas contra los panameños desarmados” (Pizzurno y Araúz 439). La única respuesta fue que Estados Unidos reconocía la “soberanía titular de Panamá en la Zona del Canal” (439), es decir, de nombre, pero no de facto. Y de ninguna forma era respetada.
El heroísmo de este obrero se pone de manifiesto cuando el dirigente cae herido de bala y él “[l]e metió los guantes de beisbol y [lo] arrastró más allá huyéndole a las balas…” (18). La narración, sostenidamente enfrenta la actitud aterrada y con cierto aire de superioridad del dirigente frente a la heroica y sencilla del obrero: “..y fue cuando más cerca estuvimos y sentí el tufo a caño de su boca y sus ojos brillosos y aguados de tanto humo…siguió diciéndome cosas mientras me ayudaba y me apretó la pierna en un torniquete con su pañuelo asqueroso y luego me dejó para seguir tirando piedras…” (ibid).
Como en un fundido cinematográfico, el dirigente herido ve desvanecerse, “en lo alto del poste de luz que da para la zona del canal a los otros trepados con su banderón amarrándola allá arriba, bien alta, bien firme, se veía chiquitita y no se distinguían los colores, se veía cada vez más y más chiquita” (ibid). Esta escena, famosa por su carácter icónico de los intentos de hacer ondear la bandera, ha sido consignada en documentales, fotos y periódicos de la época.
Al final, ese heroísmo de la juventud, del obrero y del panameño burlado, “de los labios que no llegaron a conocer otro calor que el de las balas” (Bertalicia Peralta, Dos poemas, 14) se personifica claramente en la noticia que lee, al otro día, el dirigente: “Después vi su retrato en el periódico: martín castro, 24 años, obrero, junto a otros muertos de enero” (“Muerto en Enero”,18).
La lucha estudiantil: “ fuga de amapolas”
El camino de la soberanía nacional, cruento y doloroso, se recrea en la poesía tomando como hitos emocionales del texto aquellos vocablos que en la tradición poética aludirían a pares contradictorios: sangre (vida / muerte), lágrimas (agua-vida / dolor), piedra (origen / destrucción), blanco (pureza / muerte). Las variantes situacionales de este campo semántico las da el hecho de que fueron los jóvenes y casi niños los que ofrendaron su sangre. En el poema “Soberana presencia de la patria” (1964) de Diana Morán , hay varios elementos testimoniales y, por lo tanto, comunes con los otros poetas del grupo. Uno muy representativo es la camisa blanca , manchada de sangre, que se convierte en otra marca de denuncia y en un rasgo textual que implica una trayectoria ideológica, constante en América Latina: el reclamo de los derechos civiles y políticos por parte de los estudiantes:
Es enero en las calles donde ruedan los gritos,
nueve o diez en la carne, en la súplica radial
de un arroyuelo rojo para soldar los nervios,
es la fecha de un pueblo que encontró su camino.
La Patria se fue, como siempre se ha ido,
con su camisa blanca
y la corbata azul de adolescencia,
con el civismo juvenil de su paso
y el fértil batallón de sus arterias
a enarbolar el vuelo allí donde cortaron
las alas tricolor de sus emblemas.
(Diana Morán, Poesía, 29, énfasis).
También en un poema del libro Las preguntas indeseables (1984), de Consuelo Tomás, llamado “Como fue”, aparte de los simbolismos recurrentes de las piedras, pecho, sangre –como elementos de resistencia— aparece la imagen de un estudiante cuya camisa blanca se va tiñendo de muerte:
Cómo fue
Que un día todos los pechos se incendiaron
que las piedras no eran piedras sino rabia
uniformes escolares
teñidos con un plasma enardecido inigualable
(énfasis añadido)
La misma imagen de la sangre en la camisa, empleada por Diana Morán, entremezcla los tonos bíblicos y los inconfesables, los de las componendas del poder, las cuales, sin embargo, no pueden saldar “con papelillos” el precio de las muertes de niños y jóvenes:
¿Quién reclama la sílaba final de un corderito
para ensayar un apretón de manos
aquí, donde quedó sin gasa el hospital
para cubrir la fuga de amapolas?
el corazón agujereado
cicatriza con verdes papelillos
(“Soberana presencia de la patria”, en Poesía, 30, énfasis).
El de la camisa es el símbolo de la juventud que, desde el 58, luchó por la justicia y luego, en el 64, por el honor de la patria. Es un símbolo vinculado también al dolor de la madre que: “se angustia” y “esconde las consignas”, la madre “que no estaba allí / cuando su camisa blanca / enorme / intacta / fue cambiando lenta / lentamente en otra aquella tarde” (Mireya Hernández, “Tu lugar para el lugar del nombre que me habita”, en: Poesía panameña contemporánea, 266).
Y sin embargo, la denuncia textual panameña no es maniquea. Este grupo de poetas, por haberse iniciado con el modelo las figuras significativas de la poesía la Modernidad, siente la afrenta del 9 de Enero como una paradoja del humanismo occidental. Tanto para Dimas Lidio como para Diana Morán y otros poetas del grupo, la violencia estadounidense contra los estudiantes y el pueblo panameño, pareciera romper el vínculo espiritual con figuras consideradas como portadoras de ideales –Whitman y Lincoln--:
Escuchen lo que digo,
con una brasa de odio
en el pájaro dulce que habitaba mi seno,
aunque la barba de Whitman hable de familias de hierba
y moral manzanera.
(Diana Morán, “Soberana presencia de la patria” 29).
Igualmente, en “El espejo roto” (Camino de las cosas, 1965) Dimas Lidio Pitty parte del clima que debería haber existido en ‘nuestra América’ por los vínculos entrañables con los poetas de aquella tierra estadounidense (“Luego oí de las praderas y el Gran Padre de los Ríos / Más tarde de Montana y las “hojas” de Walt Whitman”). En el diálogo entre el poeta y la patria, figura femnina, madre, este analiza con ironía dolorosa la traición de los ideales martianos de unidad aquel 9 de Enero. Era la imagen rota de los hombres que lucharon por la libertad: “Yo pienso en la grandeza de Abraham Lincoln”.
Pero además, el crimen contra Panamá se ahonda porque, en retrospectiva, la conciencia poética vuelve a las prácticas del ‘buen vecino’ en los territorios nuestros: “No creía / Nunca creí que los yanquis fueran malos / En el año 49 / un marine Sta. Claus me regaló un “jeep” y un carrito de bomberos” (Dimas Lidio Pitty 28). Aparte de aludir a los programas de ayuda en Latinoamérica –tipo Alianza para el Progreso—, la monstruosidad del recuerdo se agranda porque fueron precisamente los niños y adolescentes los mártires de esa fecha: “En cada sitio de mi cuerpo hay un dolor de siemprevivas / para contar al mundo la parábola del buen vecino / que aplastó la luz recién nacida” (Diana Morán, Soberana presencia de la patria, 30).
Otro tributo a los mártires-niños de los hechos de 9 de Enero es Gaviotas de cruz abierta , libro de Diana Morán que sigue la estructura de las rondas de niños e incluye un vocabulario con cantos y sus coloquialismos, propios de la memoria histórica, y con los cuales se crean rondas y corales poéticas:
Atoambó
Materile,
Rile, rón
…
Atoambó
Víctor.
Rosa,
Luis,
dolor.
(83)
Cada poema dramatizado utiliza los nombres de los personajes de los cuentos de niños (Caperucitas, Cenicienta, Aladino, Ricitos de Maíz, Blancanieves), así como los elementos de la naturaleza ya constituidos en sitios u objetos icónicos: el Cerro Ancón, los dos mares, los mangos, la cerca, el puente… Niños-alondra y Niños guayacanes deben enfrentarse al “ángel” que “quería tragarse el jardín”. El poemario posee acotaciones para los diálogos de los niños participantes: “NIÑOS ALADOS (con ardiente rumor de sol)” y “CAPERUCITA (con voz de corazón entre espinas)” (87). Dichas acotaciones son muy significativas pues ilustran cómo el paisaje prístino y de sales marinas de la patria se tiñe de dolor.
Pero además, en las diferentes secciones de Gaviotas de cruz abierta se “condecora” a los estudiantes con, por ejemplo: “Alumbramiento de trinos”, “Golpe de tierra”, “Eco de plata”… La ironía de la voz poética alcanza gran dramatismo porque utiliza esta estructura de los juegos infantiles para describir a la muerte. Cuando el poema se dedica a Carlos Renato Lara y Ricardo Murgas Villamonte, se recurre a la imagen de la bala, pero con el estilo de la adivinanza:
MADRE
Bola de azúcar no era,
ni tampoco de cristal,
bolita era de nieve,
bola de congelar.
Zepelín de la escarcha
por la frente bajó
y los faroles, Carlos,
de tus cuencas cegó.
(58)
La musicalidad de la canción infantil no hace sino enfatizar el dolor de “los muertos”. Pareciera que ese largo dolor de la historia fuera como una lágrima sobre el rostro de la patria.
La recuperación de la memoria y el orgullo nacional:
Los muertos mártires, niños o jóvenes, han llegado a ser los verdaderos pilares de una independencia que tomó décadas en concretarse. Por tanto, las voces líricas llaman “nuestros muertos / esos / estos / esos” a los “hermanos / compañeros” que parecieran haber estado reclamando una voz que hiciera justicia (Ramón Oviero, Sitios de otros sitios, 1979, 218). Los poetas panameños se erigen como la voz que reitera el pasado y al sublimarlo en el texto, lo actualiza como referente histórico. Así, en Despedida del hombre, de Pedro Rivera, el sujeto lírico se apropia del dolor de todos: “Míos son los rostros y mías son las manos / mojadas con la lágrima nocturna” (8).
Y entonces, desde el texto poético logra mayor densidad simbólica la crónica histórica, quizás inacsesible a las nuevas generaciones. Dicho discurso se convierte en elemento vivo de la memoria colectiva que cohesiona a los miembros del espacio nacional. En Dar la cara (1975), de Manuel Orestes Nieto, el discurso muestra cómo la memoria histórica hace énfasis en el recuerdo de los muertos: reflexión para no cejar en la búsqueda de justicia:
Uno regresa a contar sus muertos
a limpiar su muerte
a no dejar huellas del sitioen que cayeron
de la bala que perforó la piel
…
uno viene solemne, incólume
endureciéndose con el recuerdo
con esas lágrimas de ancianas que no conocimos
…
y esa manera de ser invadidos una vez más
de ser asaltados en las plazas
…
y en las avenidas donde no es posible olvidar
donde todo sigue tan presente, tan inalterable
y tan cierto
….
(“Papeles como féretros”, 116).
Como rasgo textual recurrente, los poetas utilizan la ironía, pues sólo a través de ella se puede hacer el balance de esa actitud vitalista del panameño, quien no claudica pese a la trayectoria histórica, sembrada de muertos. Ese es el tono de “Lección de geografía”, Libro de las fábulas, de Bertalicia Peralta: “Panamá es un istmo en forma de S horizontal / […] nosotros sus habitantes decimos: es puente del mundo corazón el universo / sus entrañas están abiertas: es un canal para beneficio del mundo / porque conocemos el amor al prójimo / sólo conocemos el amor y la alegría / amasados con el sacrificio de nuestros muertos “ (93, énfasis).
Las voces replantean la pregunta de este no olvidar a los muertos, pero con un tono desafiante. Consuelo Tomás se vale incluso de la penetración de la música popular. En Las preguntas indeseables (1985) la voz impreca usando una canción del famoso bolero de Benny Moré “Cómo fue”, cuya línea inicial está en la conciencia colectiva latinoamericana: “Cómo fue / no sé decirte cómo fue / no sé explicarme que pasó / pero de ti me enamoré…”. En el poema panameño, el lamento de amor se torna lamento de muerte y llamado a no cejar en la actitud vertical de la denuncia del 9 de Enero:
“Cómo fue”
que la calles no eran calles
sino gente desgarrada adolorida impotente
que la bandera no era tela sino carne y huesos
que Panamá era violada
piel de púber al borde del disparo
¿Cómo fue que algunos olvidaron?
(“Cómo fue”, 63).
Igual hace José A. Carr en La rosa contra el muro (Premio Miró en poesía 1992). En este texto, la imprecación se puede adscribir, doblemente, a la secuela de las guerras en la trayectoria de la humanidad; sin embargo, por los distintos contextos superpuestos que sugiere el libro, también pudiera referirse a la actitud de indiferencia que ni siquiera se aboca a realizar un balance de las luchas históricas donde la patria siempre ha puesto los muertos:
La clava del dolor
humedecido,
encima del dolor,
sobre la flor.
Mirad nuestros muertos,
insepultos,
que vagan por las calles,
tocan puertas
y piden la respuesta
que aún no existe.
(3., énfasis).
A lo largo de la historia de la humanidad, el idealismo moral de los poetas arroja luz sobre los acontecimientos que conmueven al hombre, llamando a la conciencia y emplazando a la acción. Y en Panamá, aunque el poeta sabe claramente los límites entre el poetizar y el vivir, la palabra “con corazón y lengua y alas” puede enfrentar la denodada búsqueda de un mundo más justo.
BIBLIOGRAFÍA
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Carr M. José A. Estación de la sangre. Panamá: INAC, Editorial Mariano Arosemena 1995.
-. La rosa contra el muro. Panamá: INAC, Editorial Mariano Arosemena, 1992.
Fanon, Franz. Los condenados de la tierra. Trad. por: François Maspero. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1963.
Hernández, Mireya. “Tu lugar para el lugar del nombre que me habita”, en: Poesía panameña contemporánea. Enrique Jaramillo Levi, Ed. México, D. F.: Editorial Liberta-Sumaria, 1980, 266.
Morán, Diana. Poesía. Antología de la Fundación Omar Torrijos con prólogo de José de Jesús Martínez. San José, C.R.: Imprenta y Litografía Varitec S.A., 1990.
Oviero, Ramón. Inventariando. Panamá: Ediciones Formato Dieciséis, 1985. 269.
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-. Libro de las fábulas. Panamá: Editorial La Nación, 1976.
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Pitty, Dimas Lidio. Camino de las cosas . Dimas Lidio. Portada de Santiago Cheka.
Panamá: Imp. Excelsior, 1965.
Rivera, Pedro. Despedida del hombre. Panamá : Ediciones Pini-Ibe, 1969. 56.
Tomás. Consuelo. ---. Las preguntas indeseables. Panamá: Formato 16, 1985.
-. Motivos generales. Panamá: CELA, 1992. 35.
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John Rawls. Se le tieme por “el más notable y controversial teórico político del siglo XX.Su obra A Theory of Justice (1971) redefine el estatus de la filosofía política occidental al darle mayor interés al grupo de ideas que sustentan el liberalismo. Según Rawls, el Estado democrático liberal puede ser el garante de la justicia social“ Véase: <http://www.geocities.com/Athens/Parthenon/1643/rawls.html>
Según teóricos como Perry Anderson, el último libro de Rawls, bajo el sofisticado concepto de “Ley de los pueblos” preconiza las intervenciones militares en pueblos considerados “no democráticos”.
La histórica bandera que custodiaba el Instituto Nacional fue rota y ultrajada por los soldados estadounidenses.
Diana Morán era dirigente magisterial.
El uniforme de la escuela secundaria oficial en la República de Panamá llevaba camisa blanca.
Bertalicia Peralta, “Estas palabras querían”, Piel de gallina, 12.
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