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POSTURA
La
casa es un edificio ruinoso.
Estuvo bajo fuego de rockets
y metralla de la Fuerza
Aérea del ejército más
poderoso del planeta durante
toda la madrugada del 20 de
diciembre de 1989. Sus
interiores huelen a sangre
coagulada y carne quemada
que se pudre. Ya amaneció y
el último helicóptero que
tomó parte en ese ataque
despiadado regresa a su
base.
La casa, un edificio
vapuleado por fuego
inmisericorde es, en cierto
modo, una metáfora dolorosa
del país abofeteado; un
símbolo admirable de la
Patria que se mantiene en
pie, erguida, sostenida por
el amor de sus mejores hijos
e hijas, quienes no dudaron
en ofrendar su sangre y sus
vidas para que ella pudiera
seguir caminando, en pos de
sus sueños más altos.
La casa vacía también es una
imagen especular del
proyecto de país que se
preparó, con cuidado y
sigilo, en los cuarteles del
pentágono y en las oficinas
del Departamento de Estado
de la primera potencia del
mundo. Para ese propósito se
contó con la ayuda de
panameños y panameñas que se
abrazaron al designio
extranjero de entregar la
Patria, amarrada de pies y
manos, a sus matarifes y
sicarios.
La casa representa a ese
país eviscerado, vaciado de
todo contenido que esté
firmemente comprometido con
su futuro. El proyecto que
oculta la invasión propone
un país similar a una casa
fantasma, sin vida, poblada
por sombras que ya no puedan
influir en su historia, que
solo sirvan para hacer
ruidos ininteligibles, para
quejarse en las sombras y,
con suerte, para atraer
turistas interesados por el
misterio y los espectros.
La casa atacada y de pie,
sobrevolada por una nave
enemiga, llena de heridas,
pero desafiando y rechazando
todo empeño de ruina, bajo
un cielo siempre abierto y
asentada en un suelo hecho
para firmezas, es una
representación de nuestra
historia: hecha de
traiciones y fidelidades
derrotadas, de asaltos con
saqueos destructivos y
defensas heroicas hechas en
las estribaciones de su
futuro luminoso.
La casa eres tú, lector
nacido en estas tierras.
Ella es tu presente y tu
mañana. Ella es tu historia
que, como el agua, siempre
busca los declives y las
bajadas del terreno para
seguir corriendo hacia el
mar de sus realizaciones.
La casa somos todos. Y
dependiendo del lugar en el
que te ubiques, estarás para
contemplar sus muros
derruidos o para levantarla
con amoroso y patriótico
afán, porque
independientemente de lo que
piensen, quieran o decidan
los que ya decidieron su
destrucción, siempre seremos
nosotros, los que trabajamos
bajos sus aleros, quienes
digamos la última palabra:
la que definirá sus
derroteros finales.
JC
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